En Especial

Cristhian Jiménez

Santo Domingo.  Tratar de reducir la autoridad del árbitro electoral es apuesta desaconsejada, sobre todo para los partidos de oposición.

El partido oficial siempre ha tenido y tendrá las mayores ventajas para la contienda, pese a nuevas leyes electorales y avances regulatorios.

Ayer lo hizo el Partido Revolucionario Moderno y hoy lo hacen los partidos de la Liberación Dominicana y Fuerza del Pueblo, “enemiguitos” con creciente coincidencia en el discurso político.

Se provoca a la Junta Central Electoral al violar las normas y cuando el órgano, ante el reclamo de ciudadanos y medios de comunicación interviene, entonces esos partidos y sus líderes con las más diversas escaramuzas asumen roles de víctimas.

Dirigentes políticos anuncian ruidosamente que buscarán candidaturas presidenciales y despliegan actividades frecuentes en todo el territorio nacional y en el exterior, luego, ante el reproche de la autoridad argumentan que se trata de trabajos organizativos y contactos con la militancia.

“Mienten con sinceridad”, como dice un destacado economista en apuros, y continúan las labores proselitistas, con discursos propios de la víspera de las votaciones en la que la vorágine electoral impide un mínimo de racionalidad que desnuda el engaño.

En el fondo se rehúye, es el caso del PLD, a una real autocrítica y profunda revisión de errores y horrores, de un ejercicio gubernamental de 16 años seguidos con una soberbia derrota en todos los niveles de elección.

Resultan insuficientes tres golpes de pecho y un cambio parcial de autoridades, con la contraproducente decisión de premiar con la presidencia partidaria, precisamente al responsable principal de TODOS

Los males, auspiciador de la división y quien impuso al peor de los candidatos presidenciales, “solamente por miedo”, como diría el poeta Mir.

Al autorizar la promoción de candidaturas presidenciales el CP ahoga el clamor del establecimiento de responsabilidades y cambios reales, así queda todo relegado por la esperanza de volver al gobierno en 2024. ¿Quiénes volverían al poder? ¿El mismo grupo o subgrupo dominante, inminente “carne de presidio”?.

Lo que se plantea no es que deje el camino libre a un gobierno y un presidente que promueven profusamente sus realizaciones, sino que se haga un ejercicio opositor serio, consistente, creíble en los diferentes escenarios de contrapeso, como el Congreso Nacional, que no sea el burdo planteamiento de que “esta gente no sabe gobernar” y pedir adhesión a una candidatura a 3 años de unas elecciones generales.

Además, a meses de la instalación de un gobierno y después de 16 años de un partido en el poder, qué usted le puede ofrecer a un votante, que no ejecutó en ese lapso.

El gobierno del presidente Luis Abinader afronta difíciles retos por el fuerte impacto de una pandemia que resiste su fin, auxiliada por la incomprensión y torpeza humanas, que obligan a tensar la creatividad para disminuir la contratación de préstamos y buscar recursos sin afectar a segmentos de clase media y pobres vapuleados por la crisis. La reforma fiscal debe ir tras los de mayores ganancias.

Este tema no puede ser visto con alegría ante la posibilidad de un punto de quiebre y motivo para ampliar campañas electoralistas, sino como material para discusiones serias de propuestas. Similar actitud se impone ante las otras 12 propuestas que copan la mesa del Diálogo Nacional.

El tiempo es de ejercer los contrapesos con sentido de responsabilidad, sin olvidar que la oposición cogobierna y que el sistema de partidos está seriamente permeado por el crimen organizado que financia y exige asientos congresuales, municipales y gubernamentales.

¿O los partidos políticos pretenden que esta hecatombe sistémica que empolva a casi todos, pasará como agua sin consecuencias?

 

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