Bruselas.- Con unos 549 muertos por COVID-19 por millón de habitantes, Bélgica aparece en las estadísticas como el país del mundo donde más muertes ha causado la pandemia de coronavirus en relación a la población, que en la planicie belga ronda los 11,4 millones de personas.

En términos relativos, supera ampliamente a países como España (452), Italia (408), Francia (310) o Estados Unidos (128), cuyo presidente, Donald Trump, ha señalado las muertes belgas por COVID-19.

Pero los números belgas no se corresponden con la realidad a pie de calle de un país con un confinamiento laxo, donde los colegios están cerrados pero los ciudadanos pueden salir a hacer deporte o pasear, y donde la presión social y la crítica a la gestión política es moderada.

Hay factores matemáticos, sanitarios y políticos que ayudan a explicar esa aparente contradicción y a comprender la situación del coronavirus en Bélgica. El primero y más evidente se debe a que no cuenta las muertes por COVID-19 como la mayoría de países y, si lo hiciera, su tasa bajaría de 549 a 252 muertos por millón.

LA ESTADÍSTICA

Bélgica ha reconocido un total de 6.262 decesos por COVID-19, que se dividen entre 2.881 muertes en hospitales (46 %) y 3.381 casos “sospechosos” de fallecidos en residencias de ancianos o en su domicilio sin test (54 %), que no habrían entrado en los recuentos de España o Alemania.

“La forma en que contabilizamos los decesos tiene por objetivo darnos la mejor visión del conjunto. Nuestro sistema de vigilancia, que toma en consideración la situación en las residencias de ancianos, no se aplica directamente en la mayoría de los países con los que se nos compara”, sostiene el virólogo y portavoz del equipo científico belga contra el coronavirus, Emmanuel André.

No obstante, los datos crudos de fallecidos empañan la reputación internacional de Bélgica y la ministra de Sanidad, Maggie de Block, ha pedido que se elabore “un nuevo sistema” para “evitar que las cifras sean tan altas” y facilitar la comparativa con otros países.

El investigador de la Universidad de Cádiz y miembro del comité de expertos del Comité Español de Matemáticas (CEMAT) David Gómez Ullate, que estos días debía estar en la Universidad Católica de Lovaina pero que no ha podido desplazarse por la pandemia, explica a Efe por videoconferencia que “hay dos planos en los que analizar las cifras: el político -sobre el que no se pronuncia- y el aspecto técnico, que es para qué se van a utilizar esos datos y esas series”.

“Sirven para conocer mejor los aspectos epidemiológicos, para preparar estrategias que te permitan monitorizar dónde hay brotes y para hacer modelos que te permitan decidir qué tipo de estrategia debes seguir”, agrega.

Pese la distorsión que genera esa forma incluyente de contabilizar decesos, el coronavirus está haciendo estragos en Bélgica, según apunta el seguimiento de la mortalidad del organismo BE-MOMO en base a las medias históricas.

Entre el 16 y el 22 de marzo hubo un alza del 11,6 % de decesos respecto a las proyecciones esperadas. Una semana después, el aumento era del 41 % y a inicios de abril el incremento se disparó hasta el 76,7 %, aunque los datos de los decesos registrados en el país no serán definitivos hasta dentro de varias semanas.

EL SISTEMA SANITARIO

Otro de los factores que parece han ayudado a mitigar el impacto del virus es el robusto sistema sanitario de uno de los países de la Unión Europea donde más impuestos se pagan en relación al PIB, junto con Francia y Dinamarca.

El gasto sanitario en función al producto interior bruto en Bélgica es del 10,4 %, por encima de España (8,9 %) o Italia (8,8 %), según datos de 2018 de la OCDE, que también destaca que el número de médicos en Bélgica (3,1 sobre 1.000 habitantes) es menor que la media europea (3,6) pero el país dispone de más enfermeros (11) que la media de la UE (8,5), y altamente cualificados.

Los belgas cuentan, además, con 566 camas de hospital por 100.000 habitantes, lejos de las 800 de Alemania pero muy por delante de las de Italia (318) o España (297), según datos de Eurostat de 2017.

LA POLÍTICA

Bélgica registró su primera infección por COVID-19 el 4 de febrero, anunció el primer deceso el 11 de marzo y decretó las primeras medidas de confinamiento el 12.

Y el clima político se ha suavizado durante estos dos meses largos en un Estado marcado por las divisiones entre los flamencos del norte y los valones del sur.

El coronavirus ha hecho que Bélgica centralice el poder en el Ejecutivo federal de Bruselas y ha logrado que el Parlamento valide al Ejecutivo de la liberal francófona Sophie Wilmès, poniendo fin a 454 días de Gobierno en funciones aunque lejos aún de su propio récord mundial de 541 días.

Wilmès tiene plenos poderes para gestionar la pandemia durante seis meses, aunque tendrá que renovar la confianza del Parlamento federal en junio.

“La ausencia de crítica abierta es engañosa”, comenta a Efe el profesor de ciencia política de la Universidad Católica de Lovaina Vincent Laborderie, quien cree que las “decisiones muy duras” que habrá que tomar para abordar la recuperación económica generarán división, aunque será “más una cuestión de derecha e izquierda que entre flamencos y francófonos”.

“Me parecería un milagro que se pusieran de acuerdo”, ironiza.

Mientras tanto, Bélgica cree que está dejando atrás su pico de muertes por COVID-19 y se prepara para empezar a salir gradualmente del confinamiento a partir del 3 de mayo.

Poco se conoce aún de esa estrategia, pero el alcalde de Bruselas, Philippe Close, ha avanzado que la capital será una zona prioritaria para peatones y ciclistas, que podrán moverse por la calzada para facilitar el distanciamiento social, mientras que se limitará la velocidad máxima de los vehículos a 20 kms/h. Javier Albisu

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