Patricia Heredia

El Seibo.La música ha sido compañera del hombre desde el inicio de su historia, ha formado parte importante en sentir del ser humano, pues cada interpretación musical tiene una historia que todos han  aprendido adaptarla a su realidad, a sus vidas, a sus momentos.

Plantón dice: “La Música da alma al Universo, alas a la mente, vuelo a la  imaginación, consuelo a la tristeza, vida y alegría a todas las cosas”

La música vas más allá del arte, pues si bien el término “música”, se deriva  mousiké que significa el arte de las Musas. Esta es  más que la combinación de sonidos y letras.  La música es inspiración, es motivación,  es sueños, es arte.

Ella  ha pasado por diversos procesos, ha ido evolucionado al unísono del ser humano, pero estas evoluciones la han llevado a un  estado meramente comercial, a carecer de los elementos que la conforman, especialmente el  contenido, las  letras.

Este  instrumento que identifica  a las personas con su realidad está perdiendo su poder para crear bella, para enamorar, para educar, para concienciar, pero  lo peor de todo, ella está muriendo  en manos de las personas que se llaman músicos y  son quienes dicen que esta les corre como sangre en las venas.

El contenido tan hiriente, violento,  pornográfico y de migrante por  el que se rige la música  ha conllevado a que diversas personalidades como académicos y periodistas   se cuestionen sobre si puede   denominarse  música al  tipo de interpretación artística que realizan los jóvenes.

Olvidando ellos,  que la música no es más que  un reflejo de la sociedad actual, una sociedad donde sus integrantes carecen de una educación que les complemente el talento musical.

Se les  pide a estos jóvenes esteticismos en las letras de las  canciones que componen cuando dominan poco la lectura comprensiva,  y su nivel de ortografía y redacción  es cuestionable.

Este tipo de música, que cada vez se asemeja más a “ritmos primitivos” va enfocado mayormente a   adolescentes que para estar a la moda y encajar en los grupos se convierten en mero objeto sexual sin un   horizonte claro y firme, además de que  su  propia condición socioeconómica está muy lejos de permitirle  crear un proyecto de vida que las  aleje de un embarazo no deseado y de sus consecuencias.

Según la periodista y catedrática de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (AUSD),  Daisy Castillo Piña, el  análisis de este tema   no debe quedarse en la superficialidad. El “pobre hábito musical” de la juventud tiene raíces más profundas. El daño es más grave. La industria musical dirigida a este segmento de la población (que según estudios es el de mayor acción de compras) no propugna ninguna intencionalidad artística, ningún apego al arte, sino a la supuesta satisfacción del mercado.

Expresa Castillo  que “su repetición violenta, hiriente y pornográfica, es el resultado inexorable de una industria sustentada sobre la base del vacío, sobre la manifestación de la nada, donde la fuerza creativa funciona desde la ausencia. “Desde lo banal, inmediato y transitorio, aunque epidérmico, viral y enfermizo. (Umberto Eco)

En este punto surgen diversas cuestionaste: con qué moral le exige la sociedad a estos “escribidores” que sean menos prosaicos e inelegantes a la hora de escribir una canción  cuando la escasa educación que reciben es ineficiente y las exigua formación sexual que manejan se limita al poder fálico, cómo pedirle que la mujer no sea tratada como objeto sexual cuando seguimos bajo una cultura patriarcal androcéntrica, cómo cambiar el negocio del espectáculo y la mentalidad de dueños de los medios de comunicación  que propician el morbo porque les genera grandes ganancias… y finalmente, cómo salir de este circo…esta es la gran pregunta, para la que hoy respuesta.

 

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