En Especial

Por Cristhian Jiménez

Santo Domingo. Después de “jumos” y “jarturas” y una mediatización de las fiestas por el asalto del Ómicron, una ciudad con mínimo ruido y bajas temperaturas invita a la reflexión y visitas al Mirador Sur en modo paseo.

Es indudable que la reducción de la circulación vehicular, distante la locura diaria, genera quietud y debe prolongar la vida. Quizás en 20 años, el Intrant pueda garantizarnos la permanencia de este oasis.

La irracionalidad parece signo de este tiempo en el comportamiento humano y no lo refiero por el impacto de la excelente sátira “No mires arriba”, aporte de Netflix.

Intoxicaciones por alcohol y alimentos, incluidos menores, cuyos padres borrachos, olvidan, o poco les importa, el acceso de los muchachos a botellas y vasos. ¿Cuántos padres irresponsables sometidos a la justicia por la negligencia culposa? Sospecho que ninguno.

La mezcla de alcohol con gasolina al timón provoca la mayor cantidad de accidentes con saldos fatales, sobre todo en motocicletas. ¿Se harán las pruebas toxicológicas para formales sometimientos judiciales de algunos criminales?

(“…esos accidentes de automóvil tan frecuentes en ocasiones festivas, cuando la alegre irresponsabilidad o el exceso de alcohol se desafían mutuamente en las carreteras para decidir quién va a llegar a la muerte en primer lugar”. Las intermitencias de la muerte. Saramago)

Miles de motociclistas permanecen en las calles sin cascos y sin luces traseras y delanteras en sus aparatos, que continúan sin debido registro y no se frena o racionaliza su importación.

En relación a las fiestas o conciertos, no disuadieron los más de 5 millones de muertos a nivel global y más de 4 mil en el país y crecientes alarmas mundiales por el veloz avance de la variedad covidiana Ómicron.

El ministerio de Salud, para colmo retuvo la información de la presencia del virus, como si no quisiese afectar el concierto de Aventura y las fiestas navideñas, y solo a fuerza de realidad y del registro en Chile de una viajera dominicana, emitió un tímido comunicado con insuficiente información.

Los contagios ya eran masivos y la autoridad sanitaria a los tres días, admite (desde cero) niveles de más de un 30 por ciento.

Afortunadamente la baja letalidad evitó una catástrofe, ya que las recomendaciones y cosméticas restricciones llegaron tarde.

El presidente Abinader se vio forzado a interrumpir sus limitadas (merecidas) vacaciones navideñas (o reducción al mínimo de sus actividades) y convocar a los sanitarios. Nuevas medidas a partir del 31 de enero y una cuarta dosis opcional y para grupos específicos.

Los contagios en artistas y las consiguientes suspensiones de fiestas, probablemente evitaron miles de nuevos afectados. Cierto temor asomó en los menos audaces.

“Controlados” artistas y limitadas las fiestas, vino otra batalla, la de la fe, con evangélicos que persistieron en reunir más de 30 mil personas (¡Dios!) en el estadio Olímpico, algo racionalmente desaconsejado, pero los organizadores dijeron “con agua o con sol alabaremos al señor”.

El ministerio de Salud, como siempre pendular, se limitó a enviar un equipo que realizaría las pruebas a la entrada. “A los que dan positivo los apartamos”, dijo el vocero del grupo cuando iban unas 300 pruebas de un total de 800, esperándose entre 30 y 35 mil personas en el estadio. Ezequiel Molina Sánchez había adelantado que la Batalla de la Fe “es para la sanidad de la República Dominicana”. ¡Uff!

Opté por volver al regalo navideño de Miriam Germán: “Morir en Bruselas”, novela de Pablo Gómez Borbón sobre los asesinatos de Maximiliano Gómez y Miriam Pinedo, históricamente insepultos para vergüenza de todos. Volveré sobre este tema.

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