En Especial

Cristhian Jiménez

El infierno de Ciudad Nueva será distinto sin satanás, el bueno.

Personaje peculiar, honrado hasta la necedad y contención anticorrupción
“allá abajo”.

Extrañarán su lento andar en el recorrido matinal, su voz “ombligofónica” y sus sentencias poéticas.

Al magistrado Alejandro Vargas, el calificativo le vino por sus durezas en las decisiones como juez de primera instancia del juzgado de atención permanente, aunque aderezadas siempre con paternales consejos.

Empero, disponía la libertad pura y simple de ciudadanos, cuando entendía sin sustento las acusaciones, libre de cuestionamientos por graves que fueran las imputaciones. Su integridad le precedía.

Los que se sentían víctimas de policías y fiscales preferían su sala, mientras que los cercados por las pruebas trataban de alejarse de aquellas brasas.

Abogados que lo señalaban como garantía moral, aunque se quejaban de su estilo, de las libertades que se tomaba en las audiencias, comienzan a preocuparse de su ausencia, tras su escogencia el viernes último como juez del Tribunal Constitucional.

Vargas, además de su labor jurisdiccional, fungía como coordinador de los juzgados de atención permanente del Distrito Nacional, labor delicada, en la que era depositario de la plena confianza de la comunidad jurídica.

Alejandro, es amigo de muchos años, de mis tiempos de animación radial musical, de “música vieja” (él en Serenata Continental y Cien canciones y un millón de recuerdos” y yo en “Sábado viejo” y “Domingo del recuerdo”) por lo que asumía, atrevido, que podía aconsejarle o expresarle opiniones personales. Siempre le critiqué sus incursiones en el fondo de los procesos, al conocer una medida de coerción y sus prolongados comentarios, floreteos, en decisiones que en ocasiones generaban confusiones como en los casos “Antipulpo” y Odebrecht.

Le dije hace años, que aunque era justa su aspiración a las altas cortes, lo prefería en ese fundamental frente de la Justicia, que es la primera instancia.

El problema es que las contaminaciones de esa puerta penal, generan serias dificultades en todo el sistema de aplicación de justicia, creando escollos y taponamientos en las cortes y en la Suprema Corte de Justicia.

Un ejercicio ético y competente, sin populismos ahorra muchos recursos al tercer poder estatal y fortalece la credibilidad en la justicia.

Es cierto que la correcta aplicación de justicia no puede sujetarse a personas, sino de un articulado entramado institucional, por encima de las individualidades.

La justicia depende fundamentalmente de jóvenes jueces, que estudiaron dos años después de otro período similar de haber obtenido el exequátur, sin haber sudado y descolorido togas en el trajín diario abogando por causas imposibles. Es muy difícil, salvando las diferencias, ser director de un diario, sin haber sido reportero.

No todos los noveles togados resisten la entrada en el tribunal de sus experimentados profesores del brazo de un millonario exfuncionario acusado de corrupción

La experiencia, el fogueo son fundamentales en la labor jurisdiccional, aunque hay recién graduados que aprenden rápidamente y en ocasiones superan a los veteranos que ejercieron años como abogados, con la ventaja de la ausencia de mañas o de colindancias profesionales, políticas y económicas.

Alejandro Vargas estará ahora lejos de los ruidosos casos que se avecinan, visto el trabajo de investigación que realiza la Procuraduría sobre supuestos casos de corrupción.

Su nombre se escuchará en pasillos de los tribunales y programas de radio y televisión cuando apreciemos fallos judiciales complacientes o “sospechosos”.

El magistrado estará muy ocupado examinando documentos junto a sus otros doce compañeros. Sabremos de satanás el bueno, cuando salten algunas llamas en el Tribunal Constitucional y él nos presente su florido voto disidente.

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