Jerusalén.- Los incesantes grupos de turistas y peregrinos, el inconfundible olor a fritura y los gritos de vendedores ofertando sus baratijas han desaparecido de la Ciudad Vieja de Jerusalén por las medidas contra el coronavirus, que dejaron poco más que candados y un silencio ensordecedor en los lugares santos.

Es lunes al mediodía, hace un día espectacular en Jerusalén, y en la basílica del Santo Sepulcro hay cuatro palomas y dos personas.

Desde fuera la miran otras cinco, que se distraen al llegar una sexta, cuyos pasos sobre la piedra se oyen como campanadas en una Ciudad Vieja completamente vacía.

Tras la prohibición de turistas y la imposición de medidas de confinamiento total por parte de Israel, incluyendo a Jerusalén este, ocupada y anexionada, el cierre hoy de la Explanada de las Mezquitas fue la estocada final de la pandemia contra la vibrante cotidianeidad de la ciudadela, donde hoy apenas se escucha el sonido de las neveras de los negocios de comida y provisiones básicas, prácticamente los únicos que permanecen abiertos.

“La gente viene, compra y se va, no quiere hablar ni quedarse mucho tiempo en el negocio”, describe Yousef, dueño de uno de ellos.

Por su puerta, agrega, suelen pasar niños correteando, pero en este momento los únicos que transitan son gatos, que acostumbrados a la abundancia de restos de falafel (plato tradicional a base de garbanzo) o shawarma, se conforman con revolver los cubos de basura semivacíos.

Además de los pocos judíos ultraortodoxos que siguen acudiendo a rezar al Muro de las Lamentaciones, quienes más circulan por las callejuelas son polícias israelíes, que ante la notable disciplina de los residentes para respetar la cuarentena, contemplan aburridos una tranquilidad insólita en uno de los sitios más tensos de la región.

“Esto no pasaba desde 1991, con el toque de queda impuesto durante la Guerra del Golfo”, recuerda Díaa, palestino nacido hace 46 años en este mismo lugar, y que admite que, aunque le entristece verlo así, entiende que es por una buena causa.

La ausencia de comerciantes, cuyos negocios cerrados privan a las arterias de la ciudad vieja de su iluminación característica, se suma a la de los peregrinos, que ha convertido a la Vía Dolorosa en un paraje inhóspito donde el principal atractivo es un cachorro de pastor belga que se pasea junto a su dueño acaparando las miradas de algún que otro viandante que pasa por allí.

Uno de los extremos del barrio musulmán, cercano a la puerta de Damasco y donde se concentra gran parte de quienes viven en el interior de la ciudad amurallada, conserva aún numerosas tiendas abiertas, incluyendo algún osado vendedor de dulces y un puesto de zumos naturales, que maquillan una desolación inédita incluso durante pasadas escaladas de violencia en la ciudad.

La pandemia, que comenzó a fines del año pasado y ha registrado más de 360.000 casos en 194 países, ocasionado más de 15.000 muertes, fue recibida con medidas contundentes por Israel, que registró este fin de semana su primera víctima mortal por causa del coronavirus.

Tanto la Autoridad Nacional Palestina, que gobierna Cisjordania ocupada, como Hamás, que controla de facto la Franja de Gaza, también han reaccionado con severidad, y hasta ahora registran muy pocos casos.

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