Nueva York/Tenerife.- “En la redacción hay guantes y mascarillas”. No es la frase que pensé escuchar de mi jefe cuando hace cuatro meses llegué a Nueva York para trabajar en la delegación de Agencia Efe como becaria de La Caixa. Tampoco pensé en escribir una crónica personal -nunca me ha gustado el periodismo en primera persona- de cómo intentaba coger uno de los últimos vuelos previos al cierre de fronteras de EE.UU .

Tampoco bajo ninguna circunstancia se imagina una que Estados Unidos, por lo que sea, va a tener algún motivo para cerrar sus fronteras de esta forma. Y no, vivir una pandemia global a más de 5.000 kilómetros de casa tampoco entraba en mis planes.

Al surrealismo de tener que hacer la maleta en media hora porque tienes que ir a Manhattan a buscar mascarilla y guantes para enfrentarte luego a un vuelo de 7 horas, hubo que sumar la decisión de qué llevar y qué dejar en la que ha sido tu casa todo este tiempo.

Al final opté por tomármelo con humor y abordé esta pequeña mudanza, la quinta en cinco meses, como un “cambio estacional de armario”. Aproveché para deshacerme de la ropa de abrigo y fijé la vista en regresar cuando el virus se dé un respiro y se pueda volver a pasear por Central Park en mangas de camisa.

Con la posible vuelta en la cabeza me dispuse a llevar a cabo la titánica tarea de coger el metro en el barrio de Astoria sin tocar nada, buscando vagones semivacíos y con la obsesión de no llevarme las manos a la cara. “Fascinante” el 2020. En el Nueva York subterráneo, un poco de todo: gente con mascarillas desechables, otras con filtro, algunas personas con guantes, otras que optaban por cubrirse boca y nariz con bufanda o bandanas y un buen número de valientes inconscientes dispuestos a viajar a pelo.

Sin más presencia policial o militar que cualquier otro día, es difícil obviar que la ciudad bulliciosa y vital ha dejado atrás esa faceta para convertirse en la urbe sin apenas tráfico y gente para la que Hollywood nos lleva preparando toda la vida.

Casi sin coches en la quinta avenida, con Times Square desértico (aunque con las pantallas y luminosos aún en marcha) y todos los comercios cerrados, en las calles de la Gran Manzana no se veía prácticamente a nadie cargando sus enormes cafés de camino al trabajo.

Así estaban las cosas en una ciudad que definitivamente no parecía Nueva York y en un país cuyo precario sistema sanitario tiene todas las papeletas para colapsar y fracasar con el que probablemente sea el acontecimiento más “life-changing” desde los atentados del 11S.

Al llegar al aeropuerto JFK varios vuelos a Londres cancelados me hacen pensar que el viaje va a ser más largo de lo que me apetece. Sin embargo, todo transcurre con una falsa normalidad que me inquieta y paso sin problemas el control de seguridad, algo caótico y con el resto de viajeros demasiado cerca.

Consigo pillar el vuelo semivacío de Iberia que me llevará de vuelta a casa y, a pesar de que los elásticos de la mascarilla torturan mis orejas, duermo prácticamente hasta el aterrizaje.

A esta pequeña odisea le faltaba una carrera por un Barajas desértico para alcanzar la conexión con Tenerife Sur, un control policial más, una declaración de responsabilidad, una toma de fiebre y 70 kilómetros de autopista.

Pero alrededor de 20 horas después desde que decidiese ir a coger guantes y mascarillas a la redacción de Efe en Bryant Park, llego a casa, me enchufo al que es ahora el deporte nacional -Netflix- y espero a que sean las siete para salir a aplaudir al balcón. Seguro que nadie lo ha comentado estos días.. pero vivimos tiempos extraños.

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