Por Ylonka Nacidit-Perdomo

SANTO DOMINGO, 23 DE ABRIL. Don Víctor, hoy  he visto los capiteles  que esculpe para concebir su obra de la mano de la angustia. He pensado que es usted  un cazador esbelto que tiene por presa al vientre de la tierra arqueado por las espaldas de las líneas.

Cuando mostró su destreza de poeta,  la caverna perdió sus ritos mágicos;  ya era evidente la desbordante fuerza que corría en solitario con su imaginación; sus flechas en el tiempo dormían sobre las flautas del viento, prestaban atención a la gracia del pasto;  no celebraban victorias ni el hallazgo del otro; nos revelaban, largamente, la probable oquedad del día rebosante de luz.

Don Víctor, hoy entiendo que cuando el hombre empezó a aislarse en los oráculos y en la especulación del saber, el instante dejó de ser una acuarela en la cual la vida se afirmaba extendiendo sus brazos sobre el destino. Entonces, yo veía mi rostro cubierto por un arbusto. Mi cabeza pertenecía a los símbolos  y a la tribu; tenía que danzar como una vencedora, esbozar mi figura como una arquera alta que, sin dudas, no podía alcanzar a la palabra, porque todo  era tensión, salvaje impulso, un túnel rutilante, de espasmo perdido.

Ahora que usted se ha marchado comprendo que, cuando el río dio vida a la voluntad serena todo fue significado. El sentido era el poder austero del tiempo, la completa presencia de la mirada resuelta, un mapa que no disponía de sandalias para mostrar la leyenda del desierto y el trayecto de los causes ausentes junto a las estatuas del viento situado a las alturas de un agujero.

Entonces, Don Víctor, los estanques del agua volvían sobre  el súbito paréntesis del tiempo. No había aún un complaciente espíritu ascendiendo sobre las estaciones ni siquiera el indicio de la curiosidad prodigando distancia en el conjunto de los pistilos. Todo sobrevenía sin palidez. Era el sol un largo labio que cargaba sus espaldas de apariencias porque irradiaba majestad abrazando a toda la tierra, y, la noche era,  como la tumba,  una trinchera donde la vitalidad del tiempo mediaba para nacer sin ostentar los collares moldeados por el prodigo de la corriente de la existencia.

Escuché entonces, Don Víctor, que  la vida iniciaba su cortejo, que la monotonía desaparecía, que se alzaba sobre los hombros de la montaña  con una nariz para oler almendros y nostalgias e inciensos sobre las pestañas de los duendes.

Yo empecé a prolongar el éxtasis de mi contemplación sobre el horizonte a lo largo de mi morada sobre el mar, tan refrescante, con un mosaico de aves que gozan escribiendo símbolos de dones, porque la incertidumbre del tiempo zozobraba, se aislaba en las miniaturas rebeldes de la vitalidad primitiva, en los bordes de la sobriedad, en la ceremonia de los ángulos cuando las lluvias pulcramente rizaban a la neblina de la muerte.

Es así como comprendí, Don Víctor, que debía levantar mis pómulos, sorprender al comienzo vestida con una filigrana de flores color rojo, y ajustar a mi vientre las fábulas, la fertilidad, la potestad de la vida con las prendas que la luna llena de destellos y vastas sonrisas.

Hoy inicio otro tiempo después, sin Usted,  y no se sorprenda si puedo llorar, porque mi total apego al efecto del tiempo, recostándome sobre las gacelas de la libertad invisible del paisaje, me hace recordar lo mucho que lo quiero, y,  lo tanto,  que debo a su alma. (D.Q. P.)

23 de abril de 2011.
6.04 P.M.

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