Nairobi,- Pese al aumento casi diario de contagios, países de África han empezado a suavizar las restricciones impuestas para frenar el coronavirus, mientras organismos internacionales advierten de que el continente debe mantenerse en guardia y realizar más test para descifrar un misterio: el alcance real de la pandemia.

Desde que se detectó el primer caso en África el pasado 14 de febrero (un ciudadano chino en Egipto), se han contabilizado oficialmente algo más de 2.400 muertes, 70.000 infecciones (incluidos casi mil trabajadores sanitarios) y 24.000 curaciones en un continente poblado por unos 1.300 millones de personas.

Aunque esas cifras crecen sin parar en los 54 Estados africanos, aún distan mucho de los estragos que soportan países de Europa, como Reino Unido (más de 227.000 casos y 32.000 muertos), o de América, como Estados Unidos (más de 1,3 millones de casos y 82.000 muertos).

Bien es cierto que cinco países africanos acaparan la mayoría de los fallecimientos y contagios: Argelia, Egipto, Marruecos, Sudáfrica y Nigeria.

Motivo de elogio internacional fue la reacción rápida de los países de África, que con escasos contagios adoptaron drásticas medidas de salud pública y sociales, incluidos toques de queda y confinamientos, sabedores de sus vulnerables sistemas sanitarios.

En los últimos diez días, sin embargo, naciones como Sudáfrica, Nigeria, Ghana, Senegal, Kenia, Uganda, Ruanda, Botsuana, la República Democrática del Congo o Yibuti han empezado a levantar algunas restricciones

“El confinamiento nacional no puede sostenerse indefinidamente. La gente necesita comer, ganarse la vida y las empresas deben poder producir y comerciar”, arguyó el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, que en marzo decretó una dura reclusión en el país que más infecciones registra en el continente (más de 11.300).

Se trata de buscar un difícil equilibrio entre combatir la pandemia y amortiguar su devastador impacto económico en millones de africanos que “dependen de un trabajo diario para sobrevivir”, como declaró hoy a Efe la doctora nigeriana Adaora Okoli.

LA RESPUESTA AL VIRUS: UN MARATÓN, NO UN ESPRINT

“Sin medidas paliativas del Gobierno, mucha gente preferiría morir de la COVID-19 que de hambre. Es una situación peligrosa”, subrayó Okoli, que se convirtió en 2014 en el rostro de la lucha de Nigeria contra el ébola al contagiarse de esa enfermedad, y hoy ejerce como médica residente en la Universidad de Tulane (EE. UU.).

En términos más fríos pero muy elocuentes, la Comisión Económica de las Naciones Unidas para África (UNECA) indica en su último informe que un confinamiento total de un mes en África le costaría al continente el 2,5 % de su producto interior bruto (PIB) anual, el equivalente a unos 65.700 millones de dólares.

Pero “la respuesta al virus es un maratón, no un esprint”, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África (Africa CDC), dependientes de la Unión Africana, que han advertido contra la precipitación y han abogado por desescaladas “equilibradas” que impidan cualquier repunte de la epidemia.

Mitigar las restricciones acarrea riesgos, como demuestra el ejemplo de Ghana, cuyo presidente, Nana Akufo-Addo, prometió no “bajar la guardia” al moderar el pasado mes el confinamiento en ciudades como la capital, Accra, y Kimasi.

Con todo, Akufo-Addo anunció este domingo que un trabajador de una fábrica de procesamiento de pescado de la urbe costera de Tema, próxima a Accra, infectó de coronavirus a otros 533 empleados.

“Suavizar un confinamiento sin las preparaciones adecuadas es un desastre a la espera de producirse (…). Las empresas deben estar listas para aplicar distancia social y medidas de prevención y control de infecciones”, aseveró la doctora Okoli.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que entre 83.000 y 190.000 personas podrían morir por la COVID-19 y hasta 44 millones podrían infectarse en África si fracasan las medidas de contención de la pandemia.

La receta de la agencia de la ONU para evitar esa catástrofe es clara: “testar, rastrear, aislar y tratar” a los ciudadanos.

Clara pero complicada de administrar si se toma en cuenta que -en palabras de la propia OMS- existe “un promedio de nueve camas de unidades de cuidados intensivos por cada millón de personas” en el continente.

LA FALTA DE TEST, EL “TALÓN DE AQUILES” DE ÁFRICA

Efectuar test de detección masivos que revelen la auténtica magnitud de la pandemia tampoco es tarea fácil, como admite el jefe de Africa CDC, John Nkengasong, al afirmar recientemente que “la falta de acceso a la diagnosis es el talón de Aquiles de África”.

El pasado mes, esa institución adelantó un plan para distribuir un millón de test, si bien reconoció que se necesitan al menos quince millones de pruebas para frenar la epidemia.

Países con exitosas estrategias de testeo en el resto del mundo, como Corea del Sur o Alemania, llegaron al menos al uno por ciento de su población, según un estudio divulgado la semana pasada por la prestigiosa revista médica “The Lancet”.

África, según la publicación, está muy lejos de esa meta. A fecha del 26 de abril, Sudáfrica, uno de los países africanos con más pruebas, había realizado unos 161.000 test de coronavirus y hacen falta 593.000 para cubrir el uno por ciento de su población.

“Los test deberían aumentar para que los países (africanos) puedan monitorizar la propagación de la infección”, dijo hoy a Efe una autora del estudio, la epidemióloga nigeriana Ngozi Erondu, investigadora del Centro de Salud Universal de Chatham House.

“Las pruebas aleatorias en comunidades -explicó Erondu- nos ayudarán a comprender la tasa de positividad (porcentaje de individuos que dan positivo en una población). Si es alto, los países deben restringir el movimiento en ciertas áreas. Si es bajo (menos del 10 %), entonces las restricciones se pueden relajar”.

No obstante, al continente le cuesta adquirir esos test porque “los suministros ya han sido comprados para su uso en Norteamérica y Europa”, asegura “The Lancet”, que considera “inmoral” que África tenga “menos acceso y opciones más difíciles que otros”.

Si no se corrige esa situación, esa injusticia puede repetirse en el acceso a una vacuna contra la COVID-19, aunque varios países de África están participando en ensayos clínicos para lograr un tratamiento cuya elaboración aún puede llevar mucho tiempo.

En opinión de la doctora Erondu, “el desarrollo de una vacuna tradicionalmente puede tardar hasta una década”.

“Dicho eso -matizó-, con las nuevas tecnologías, como las vacunas basadas en ARNm (ácido ribonucleico que transfiere el código genético), algunos científicos predicen que podríamos obtener una vacuna en un año. Esto nunca ha sucedido, pero crucemos los dedos para que suceda con la COVID-19”.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí