Kiev, – El Ejército ruso aún no ha asaltado Kiev, pero sus habitantes viven sitiados desde el inicio de la invasión, muchos de ellos en sus puestos de trabajo y separados de sus familias.

“Si todos huimos, ¿quién va a defender nuestra patria, nuestra tierra, nuestra familia?”, comentó a Efe Tatiana, madre de familia numerosa.

La amenaza militar rusa se convirtió durante meses en algo cotidiano para los kievitas. Por eso, cuando se produjo la invasión y se impuso el toque de queda, muchos ciudadanos de la capital se quedaron varados en tierra de nadie.

UNA FAMILIA NUMEROSA

Ver una familia con niños por las calles de Kiev es una rareza en estos tiempos de guerra.

Los Lesik aprovechan la mañana para dar un paseo en las inmediaciones de su casa, situada frente al Monasterio de San Miguel, ante la atenta mirada de soldados armados hasta los dientes en un puesto de control.

“Hemos educado a los niños a estar unidos, ya que sólo unidos podemos ganar esta guerra y derrotar al enemigo. Uno para todos y todos para uno”, comenta Tatiana, a la que le saltan las lágrimas al hablar de su ciudad natal.

Su marido, Alexandr, ingeniero de profesión reconoce que tanto los padres como los hijos -Marian, Yustina, Bogdana y Yulian- tienen miedo, pero está convencido de que han hecho lo correcto al quedarse.

“Tenemos que defender la ciudad. Si es necesario, combatiremos”, asegura.

En su edificio, “no quedan más que algunas abuelas que viven solas”, pero tiene un sótano en el que esconderse cuando suenan las alarmas antiaéreas.

“El sótano da mucho miedo ¿Podemos pasar la noche en el refugio del hotel?”, pregunta Tatiana, que se despide con un abrazo, ya que echa de menos el calor humano entre tanto bombardeo.

ENCERRADA EN UNA FARMACIA

En el caso de Oxana, ella no puede volver a casa, ya que reside en Hostomel, hogar del aeródromo a unos 30 kilómetros de Kiev por cuyo control combaten ferozmente desde hace días ucranianos y rusos.

El anuncio de la invasión le cogió de camino a su negocio, una farmacia situada en una de las calles que desemboca en la plaza de la Independencia (Maidán).

“No puedo salir de aquí. Vivo con mi hija y el gato”, explica resignada.

Ha escrito una queja formal al Ayuntamiento ante la falta de medicinas que sufre su negocio. Está a la espera de una donación procedente de Suiza.

“¡Dígaselo al alcalde! Mire mis estanterías, están vacías. Mientras, las farmacias privadas están repletas, pero no abren desde hace días”, señala.

En ese momento entran dos clientes. A una de ellas le pica la garganta. No hay mucho donde elegir. El aspecto de la farmacia es desangelado.

“Para mí la farmacia es un servicio público, pero no puedo ayudar ni servir a la gente. A la gente le estamos recetando en vez de cajas, dos pastillas por persona. ¡Esto es insostenible!”, lamenta.

Tampoco puede evitar enseñar el casquillo de una bala que se le disparó a un miliciano.

De vez en cuando su hija sale a la calle y regala medicinas a aquellos que lo necesitan.

PSICÓLOGA MILITAR

Olga abandonó su negocio en 2014, coincidiendo con la sublevación prorrusa en el Donbás, en el este del país, para alistarse en el Ejército como psicóloga militar.

“Ayudo a los soldados en Kiev. Psicológicamente, los veo muy animados. La verdad está de nuestra parte. Soy kievita y no dejaremos entrar a nadie”, señala frente al club militar donde trabaja.

En estos momentos, como el asedio propiamente dicho aún no ha empezado, se dedica a repartir alimentos y a ayudar a la gente que no ha abandonado la ciudad.

“Mis padres viven en las afueras Kiev y a mi hija también la he enviado lejos por seguridad”, señala.

Reconoce que está “muy enfadada” con sus hermanos eslavos.

“Nuestros hermanos eslavos, los rusos y bielorrusos, con los que crecimos juntos, nos traicionaron”, señala.

Le dan pena, ya que cree que aquellos que sigan vivos después de la guerra “quedarán maldecidos para siempre” tanto por Ucrania como por el resto del mundo.

“Para siempre serán unos leprosos”, señala.

REFUGIADA EN UN MONASTERIO

Svetlana tiene miedo a quedarse sola en casa. Su hija vive en la ciudad francesa de Lyon, donde ya ha organizado varias acciones contra la invasión rusa.

Por eso, vive desde el tercer día de la guerra en el Monasterio de San Teodosio, donde el abad Macariy la ha recibido con los brazos abiertos.

“El padre es un hombre muy positivo. Contagia su energía entre todos los que venimos aquí”, explica, mientras sirve té a los invitados.

Come con el abad y los monjes. Dan las gracias a Dios y dan buena cuenta de la sopa, las salchichas, la papilla monacal, los bollos y la compota de frutas.

Sveta, que no es la única que ha decidido esconderse en la fortaleza que es el monasterio, reconoce que siempre duerme “vestida”.

“Es imposible conciliar el sueño. Todas las noches acabamos durmiendo en las catacumbas”, explica.

En la cama tiene preparada siempre una mochila con una manta, un botellín de agua, una linterna, un teléfono y un cargador. Ese equipo es suficiente para pasar la noche bajo tierra.

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