Por Cristhian Jiménez

Santo Domingo. “Quedó algo del mediodía por ahí, doña Mercedes”, preguntaban los estudiantes hambrientos al llegar la noche. Siempre aparecía “algo” del fogón meridiano para los muchachos, que venían de provincias y cuyos padres solo pagaban por una sola comida a mi madre.

Tiempos recios, como un título reciente de Vargas Llosa, para estudiantes que un   pequeño cuarto de alquiler sancarleño honraban los desvelos de los sacrificados “viejos”, que firmaban con una cruz o estampando sus huellas dactilares, pero que dejaban jirones de vida entre surcos para ver a sus hijos profesionales.

De niño sentí una gran admiración por esos desarraigados soñadores con recursos insuficientes para alimentarse y, claro, proscrita la más mínima diversión. Forzados a “votos de pobreza”.

Traslademos este cuadro a jóvenes sobresalientes que a van naciones distantes, con culturas diferentes y crecientes hostilidades frente a extranjeros por el resurgimiento de los nacionalismos y xenofobia. Temperaturas extremas se suman a ese cóctel de desaliento.

Superados los temores y la falta del calor familiar, de repente una enorme roca: no llega el dinero para solventar la “alimentación” y los pagos de alquiler de la habitación en el apartamento compartido más allá de lo razonable, por la falta de recursos.

En ocasiones, ni el pago de la matriculación a las universidades en las que están inscritos los estudiantes dominicanos y las consabidas advertencias de cancelación del curso.

Al paso de los días de retrasos, la inquietud. Cuando se convierten en semanas, la pérdida de concentración, y al sumarse meses, la total desesperación. El frio arrecia, (como ocurre actualmente en Estados Unidos y España) y estudiantes y familiares entran en pánico.

Las autoridades locales tratan este drama humano con una insensibilidad pasmosa, como si fuese una escaramuza local menor.

El ministerio de Educación Superior, Ciencia y Teconología (Mecyt), dolorosamente incompetente, solo apela a evasivas y excusas, mientras hay estudiantes sumidos en la impotencia a punto de plantear a representantes diplomáticos dominicanos que les faciliten el regreso al país.

Allí quedarían sueños destrozados, frustraciones, deudas económicas sin el beneficio de la superación formativa y el crédito académico de República Dominicana afectado universidades y países amigos.

Y se alegará, que ha pasado en anteriores administraciones, y es cierto, pero no justifica el vergonzoso retraso de unos 7 meses en el envío de los recursos. Ha pasado bastante tiempo para la simplificación burocrática y uso de tecnologías que permitan depósitos automáticos mensuales a los registrados.

Ocurre, además, cuando se ha diseñado y decretado un amplio y correcto sistema de becas basado en la meritocracia con accesos igualitarios para estudiantes sobresalientes y que elimina la discrecionalidad de los que encabecen el Mecyt.

El interés presidencial de aumentar la entrega becas choca con la desalentadora realidad reseñada, en tiempos en que la pandemia covidiana ha provocado la deserción de miles de estudiantes universitarios.

En los niveles primario y secundario hubo dificultades para en el inicio del año por la resistencia inicial de gremio profesoral de integrar a sus afiliados a la docencia presencial, bajo el alegato de temor al contagio de Covid-19.

Otro tema que intranquiliza es el retraso en los pagos del desayuno y almuerzo escolar a los suplidores y las denuncias de irregularidades en asignaciones.

El ministerio público realiza investigaciones sobre alegada corrupción en el Instituto de Bienestar Estudiantil (Inabie) que habrían ocurrido en el gobierno danilista y en la actual administración abinaderista.

Una amenaza de dejar a los estudiantes sin alimentación por los retrasos en los pagos a suplidores se yuguló al último momento.

Temas sensitivos en momentos en que precipitan la “patana electoral”.

Con la educación y comida de los estudiantes no se juega…

 

 

 

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