Madrid, .- Para una mujer afgana, la diferencia entre haber marchado al extranjero o, como la mayoría, haberse quedado en su país, es en estos momentos el todo o la nada, vivir riendo o morir en vida.
Así lo describe Khadija al teléfono desde su casa en Kabul, atemorizada tras la captura de su ciudad por los talibanes, mientras pide auxilio a su cuñada Mina, afgana de 28 años criada desde los 7 en Madrid, que lamenta no poder hacer nada por ella. “Morir en vida», sentencia para Efe en inglés Khadija, de 23 años.
“Mañana ya no iré a la universidad. Los talibanes son como animales, no entienden el Corán. Para ellos las mujeres no deberían educarse. Se acabó todo para nosotras”, remata.
ABANDONO Y ANGUSTIA
La sensación de abandono y angustia es total para esta joven afgana, que cuenta que su marido le ha desaconsejado ir a la universidad, ya que volviendo a casa vio por la calle una patrulla de talibanes y a partir de ahora corre peligro caminando sola por la ciudad.
“Ya han anunciado que las mujeres mayores de 15 años deben casarse. No quieren que seamos independientes, nos van a matar si salimos solas a la calle, o a tirarnos ácido a la cara”, denuncia Khadija, que no cree en la relajación de normas contra las mujeres que los talibanes han anunciado con respecto al gobierno que lideraron de 1996 a 2001.
“Queremos abandonar Afganistán, pero no podemos. Esto es horrible”, sostiene esta estudiante afgana.
Mientras, en un centro comercial de Madrid cerca de su casa, su cuñada Mina habla en perfecto español de su trabajo en una multinacional. Vino a España con su familia con 7 años, durante el anterior régimen talibán, huyendo de la represión y la incertidumbre.
Mina es una de las 69 afganas que residen en España, según el Ministerio del Interior español. Agradece a sus padres el haberse criado en España, donde se siente protegida, tanto por la ley como por los ciudadanos, “muy respetuosos con nosotras”.
Estudió Turismo en la universidad, no lleva el velo islámico y cuenta que disfruta yendo al centro de Madrid con sus amigas el fin de semana.
Pero está muy preocupada por sus familiares en Kabul: “Ninguna mujer en el mundo merece vivir encerrada y amenazada. Con los talibanes, no podrán usar el móvil, tener Facebook o salir con las amigas por la ciudad”.
EL PEOR PAÍS PARA LA MUJER
Durante el régimen talibán, uno de sus portavoces llegó a declarar que “la cara de una mujer es una fuente de corrupción”.
Un estudio de ONU Mujeres denomina la segregación sistemática de la sociedad afgana aquellos años como un “apartheid de género”, pues las mujeres no podían trabajar, ni estudiar a partir de los 8 años o salir al balcón de su casa sin un hombre. Ninguna chica debía hablar en voz alta o reír en la calle, ya que ningún extraño debía escuchar la voz de una mujer.
Afganistán ya era en 2011 el peor país donde una mujer podía vivir, según una encuesta de la fundación Thomson Reuters, y ahora todo indica que la situación para ellas solo va a empeorar.
Mina recuerda que en casa de sus padres tiene fotos de su tía en Kabul en la década de 1970, vestida con minifalda y atuendos de moda, como cualquier mujer urbana en aquella época.
“No es retroceder unos años, es volver a la edad media”, asegura con firmeza. Ella se casó libremente con su marido en 2019 y ambos viven desde entonces juntos.
Khadija, sin embargo, cree que a partir de ahora ninguna mujer podrá elegir su vida. Opina que la mayoría de los talibanes tiene “delirios y problemas mentales” y “no entiende lo que es Afganistán, muchos ni siquiera son de aquí”.
Es la diferencia de ser mujer en un país con libertades o sin ellas, la suerte de estar protegida por un Estado o despertarte un día en una enorme cárcel de mujeres.
Federico Segarra

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