Por JUAN T H

Santo Domingo.  Dice un refrán popular que “la verdad es un espejo roto”, donde cada quien se ve en el que más le conviene. Por eso nadie puede extrañarse de las críticas que le formulen al gobierno del Partido Revolucionario Moderno que encabeza Luís Abinader, sobre todo en un país donde todos los ciudadanos son expertos -sin haber estudiado- en béisbol, política, economía, salud, periodismo, cine, farándula, y “rifa de aguante”, porque todos juegan. En consecuencia no le debe preocupar demasiado al gobierno la posición en su contra que asumen los partidos, sus dirigentes, las bocinas, los robots mediáticos en los medios de comunicación incluyendo las redes sociales, ni debe, como lo hace, responder todos sus cuestionamientos porque esa es su labor, por algo están fuera del poder, y porque además los hechos son más elocuentes que las palabras y todas las críticas malsanas que a diario reciben; en política el trabajo es el que habla, no las palabras. El gobierno tiene que “tomar y dejar”. Critica quien puede, no quien quiere. Hay que tener calidad moral para condenar al gobierno del PRM y al presidente Luís Abinader, que, como sabemos, trabaja de lunes a lunes,15 y 16 horas. Personalmente creo que Abinader es un lujo de presidente. Lamento que no todo el país entienda lo que está haciendo, por ignorancia o mezquindad, lo cual tampoco es extraño porque la naturaleza humana no es dada a los reconocimientos.
Si ponemos en una balanza el primer año de gobierno de Luís Abinader y el PRM habrá que decir -sin temor a lo que diga la jauría mediática- que ha sido altamente positivo a pesar de haber llegado al poder en medio de una crisis económica y sanitaria mundial que llevó a la ruina a miles de empresas de todo tipo, perdiéndose millones de puestos de trabajo, que ha costado la vida de millones de personas y millones de contagiados, con un costo económico en materia de salud pública enorme. Colapsó el turismo, uno de los puntales de nuestra economía, la industria, etc. Es en medio de esa crisis mundial que Luís Abinader llega al poder. Y algo más: los gobiernos del PLD dejaron el país en ruina después de habérselo robado. (La mayoría de sus dirigentes -de ahora y del pasado reciente- deberían estar hablando desde la cárcel)
Recuperar la economía, los empleos, el turismo, la salud, la seguridad ciudadana, la seguridad jurídica para la inversión extranjera, enfrentar seriamente la corrupción, mientras se enfrenta exitosamente la pandemia del coronavirus, no ha sido tarea fácil. Salvar el año escolar, no ha sido fácil. Reconstruir el país en materia vial (calles, carreteras, puentes, elevados, etc.) tampoco ha sido fácil. Y aún es mucho lo falta por hacer. No olvidemos que Abinader encontró un país devastado por los vicios y la corrupción. Crear un Ministerio Público independiente no ha sido posible a pesar de los esfuerzos del presidente Abinader. No ha sido fácil. El sistema judicial es una retranca para la propia justicia y para el fortalecimiento de la democracia.
No reconocer esos logros, es aborrecible, es propio de mediocres. Somos de los pocos países en el mundo altamente exitoso en la lucha contra el covid-19, reconocido por los organismos internacionales. Obtener las vacunas -vengan de donde vengan- para inocular a toda la población ha sido una proeza y un sacrificio económico, porque el presidente Abinader puso en primer plano la salud, la vida. Miremos a nuestro alrededor: Estados Unidos, Brasil, Haití, Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Nicaragua, etc. En todos esos países hay serios problemas con la vacunación. Lo que ha hecho el presidente Abinader con el coronavirus, insisto, ha sido una hazaña impensable.
El 2020 fue un año muy difícil, muy duro. Todos hemos perdido a un ser amado. Salir de la crisis tanto económica como sanitaria constituye un éxito extraordinario. No reconocerlo es una canallada. ¡Señores!
Un país no se hace en cuatro años, ni en ocho; un país se construye durante un proceso largo, a veces violento y doloroso. ¡No es fácil! En manos del PLD la República Dominicana no era un país, era una pocilga asquerosamente corrupta.

 

 

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