Buenos Aires.- El año es 1986 y la argentina Alicia Schejter se sienta junto a unas pocas compañeras en la esquina del restaurante “El Molino”, en la vereda de enfrente del Congreso. Las insultan, las amenazan, las tratan como “cinco locas”, según relata a Efe, por pedir firmas por el aborto legal.

El año es 2020 y en esa misma esquina decenas de miles de jóvenes que siguieron la lucha de Schejter y las demás pioneras lloran entre pañuelos verdes, recién conseguido el derecho que reclamaban sus antecesoras.

Frente a ellas se levantan las lonas negras que cubren “El Molino”, que está cerrado por obras de restauración después de muchos años sin funcionar y que cuando abra se encontrará una Buenos Aires diferente a la que cerró: ahora, es la capital del quinto país de América Latina donde abortar es legal.

“Estoy muy emocionada, éramos cinco locas en la esquina, que nos agredían porque esta es una palabra, aborto, que tiene muchos aspectos en esta sociedad muy hipócrita. (…) Era exponerse a un ataque permanente”, asevera Schejter.

DÉCADAS DE ACTIVISMO

Ha costado 34 años de lucha, y aún así son menos que los de los movimientos feministas de otros países de la región que ahora mirarán como ejemplo a Argentina, a lo que consiguió la llamada marea verde a base de una acción callejera continua durante años, a lo que germinó tras la mesita donde Schejter juntaba las firmas que podía.

De unas cuantas hojas de papel con nombres, apellidos y números de DNI al reclamo popular masivo que, al fin, fructificó antes de que se cerrara el libro de 2020.

Schejter indica que, como sucedía en otros lugares, en 1986 “las mujeres abortaban pero no se podía decir”, y así hasta la actualidad, cuando todavía mueren argentinas por culpa de abortos clandestinos.

“Fue una realidad muy distinta, las mujeres que tenían dinero se podían pagar un aborto en una clínica, pero las pobres abortaban y siguen haciéndolo en condiciones espantosas”, dice.

La veterana activista por el aborto recuerda cuando a su grupo, que contaba con referentes como Dora Coledesky, les visitó la jefa de enfermería del departamento infeccioso del porteño Hospital Francisco Javier Muñiz.

“Contaba cómo llegaban allí las mujeres por aborto séptico. Muchas morían, chicas jóvenes”, rememora sobre los primeros días de una lucha de la que “jamás dudó” que era “un reclamo justo”.

HAY “HIPOCRESÍA” EN LA IGLESIA, SEGÚN SCHEJTER

La ley del aborto que se aprobó en Argentina el pasado 30 de diciembre obtuvo votos favorables desde todas las bancadas del Senado y de la Cámara de Diputados, en una muestra de transversalidad política.

La oposición a la ley, sin embargo, también fue transversal, y tanto entre los parlamentarios como en la sociedad, multitud de ciudadanos piensa que el aborto no debería haberse legalizado.

Schejter cree que eso se debe, en parte, a una hipocresía que considera que existe en la Iglesia Católica.

“La Iglesia Católica es muy fuerte, su poder es muy fuerte en la sociedad argentina, es un poder basado en la familia patriarcal. La moral patriarcal es hipócrita porque siempre se basó en una doble moral (…). Las mismas mujeres de la Iglesia que estaban en contra del aborto, abortan”, afirma.

Y sigue: “Yo soy de Mendoza (oeste), por ejemplo, y en la provincia todas estas cosas eran secretos muy ocultos”.

Ahora, aunque ya es ley, se espera que los sectores contrarios a la legalización voluntaria del embarazo lleven a la Justicia la nueva norma, en un país en el que las tradiciones son más conservadoras en las provincias norteñas.

Le ley, además, incluye la objeción de conciencia médica, algo con lo que Schejter no está “de acuerdo” y que puede dificultar la correcta aplicación de la ley en el futuro.

ADMIRACIÓN POR LA JUVENTUD

A pesar de los retos que todavía quedan por delante para defender la ley que tanto buscó que se aprobara, la pionera tiene “mucha confianza en los jóvenes”.

“Tienen mucho más claras las cosas, las jóvenes. Que este mundo así no puede seguir y que tiene que cambiar y lo están haciendo, estoy encantada con las jóvenes”, reflexiona.

Schejter no se quita el pañuelo verde que identifica a los favorables al aborto e intenta analizar qué pasó para que su legado fuera tomado en vez de reconstruido desde cero.

Porque según bromea ella, “siempre están empezando todo de nuevo los jóvenes”.

“Y no, hubo algo que nosotros pudimos transmitirles y que los jóvenes lo tomaron, es muy interesante porque se plantea el aborto como un tema de salud pública”, dice, en referencia al cambio de paradigma de “aborto sí o aborto no” por “aborto legal o aborto clandestino”.

Mientras, en su pañuelo verde, ya envuelto en mil batallas, aún se lee la consigna de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito que se popularizó en los últimos años y que múltiples voces hicieron resonar al mismo tiempo: “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”.

A excepción del primero de los tres reclamos, añadido más tarde, ese era el lema que propusieron ellas en 1986, a pesar de sus carteles vandalizados, entre miradas de desprecio de una sociedad que, con el tiempo y en forma de ley, ha llegado a ellas.

“Fue un pilar de mi vida, no fue un sacrificio”, concluye Schejter, que deja “para las nietas” la expansión del derecho al aborto en el resto de América Latina.

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