Trípoli,- Sin electricidad la mayor parte del día y sin ingresos que le permitan comprar combustible para poner en marcha uno de los miles de estruendosos generadores que rompen el silencio de la noche en Trípoli, la familia Abdel Fatah prefiere arriesgarse a estar en el exterior, ya sea en la calle junto a sus vecinos o un parque próximo.

Desde que hace diez días tanto el Gobierno de Acuerdo Nacional sostenido por la ONU en la capital (GNA) como el Parlamento no reconocido en el este del país anunciaran su intención de respetar un alto el fuego -el tercero en seis meses-, ya no les preocupan los bombardeos, casi diarios en los 14 meses anteriores.

Ahora el peligro es más discreto pero igualmente mortal parta aquellos que menos tienen: la pandemia de la COVID-19, que, como este miércoles advirtió la ONU, está descontrolada en el país, con más de 15.000 positivos y 250 muertes acreditadas.

“Aquí al menos estamos al aire libre. En casa hace mucho calor, mucha humedad y no tenemos espacio. Somos muchos y no se puede dormir. Nos han abandonado mientras ellos siguen viviendo muy bien”, asegura a Efe Mohamad, el padre, en la alusión a la supuesta corrupción de las autoridades y el poder de las milicias

“El Gobierno pide que respetemos la distancia y que nos lavemos las manos. Pero cómo vamos a hacerlo, si ni siquiera hay agua corriente en casa. Aquí afuera al menos respiramos algo de fresco”, agrega el hombre, vecino de Haqa, uno de los barrios más empobrecidos del cinturón agrícola sur de la capital.

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MEDIDAS CONTRA LA PANDEMIA

Ante el incremento de los contagios, que se han duplicado en las dos últimas semanas, especialmente en el oeste del país, el GNA impuso la semana un toque de queda a partir de las 18.00 horas local hasta el amanecer del día siguiente los días de diario, y completo el fin de semana.

Y restricciones al desplazamiento entre barrios y ciudades, que han generado malestar, atascos y complicaciones de movimiento, en particular entre las decenas de miles de desplazados internos que con el ceso actual de las hostilidades tratan de regresar a sus casas, atrapadas en el latente frente de batalla, para saber si todavía son habitables.

“Soy desplazado de la zona de Ain Zara y he tenido que alquilar un pequeño apartamento por mil dinares (unos 200 euros). Sufro el problema de las minas (dejadas por los milicianos en su huida), pero también que no tengo como conseguir el dinero necesario para reparar mi casa y volver a ella”, se queja a Efe Abdel Moneim, un comerciante en paro.

“El Gobierno está lejos de las demandas del pueblo, solo quiere utilizarnos como carta de presión para que se reabran los puertos y yacimientos petroleros. Pero no se responsabiliza de los corruptos y ni castiga a quienes cometieron crímenes contra Libia y los libios”, agrega.

PRECARIEDAD SANITARIA

A las miserables condiciones de vida diaria, que favorecen la propagación de la pandemia, los libios padecen la precariedad y en la mayoría de las ocasiones la parálisis del sistema sanitario, destruido tras diez años ininterrumpidos de violencia y guerra civil.

Los escasos hospitales que siguen activos carecen de la mayoría de los medicamentos básicos, cuentan con plantillas escasas y hastiadas y están más dirigidos a el tratamiento de los heridas de guerra que a la medicina de familia u otro tipo de enfermedades. Especialmente en las regiones del suroeste, también muy afectadas por la pandemia.

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Escasa información sobre el impacto del coronavirus se tiene de las regiones del este, bajo el férreo mando del mariscal Jalifa Hafter, tutor militar del Ejecutivo no reconocido por la comunidad internacional en Tobrouk y hombre fuerte del país.

“Este aumento exponencial es una tendencia preocupante, sobre todo la transmisión comunitaria que ahora conocemos en algunas de las principales ciudades de Libia, incluidas Trípoli y Sebha”, capital del sur, dijo anoche ante el Consejo de Seguridad la enviada especial interina de Naciones Unidas, Stephanie Williams.

“Es probable que la verdadera escala de la pandemia en Libia sea mucho mayor” debido a la escasez de pruebas y “la escasez extrema de medicamentos”, advirtió la diplomática antes de insistir en que los cortes de suministro eléctrico, así como la carencia de otros servicios públicos básicos, la recogida de basuras o la falta de dinero en efectivo, son factores que espolean el virus.

“El coronavirus es como la guerra”, sentencia el jefe de la familia Abdel Fatah. “Quienes lo sufrimos somos los pobres”.

Mohamad abdel Kader

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