Madrid.- La aurora boreal iluminando la fría noche islandesa o el vapor de la respiración de los bisontes durante el amanecer no tienen misterio para el objetivo de Art Wolfe, que lleva cuarenta años fotografiando la belleza de la naturaleza para concienciar, inspirar y transmitir felicidad.

“Cada vez que estaba en la naturaleza pensaba que si podía compartir eso con la gente a través de la fotografía estaría haciendo algo positivo”, confiesa Wolfe en una entrevista con EFE en vísperas del Día Mundial de la Fotografía, que se celebra este miércoles 19.

La primera vez que a Wolfe se le pasó esta idea por la mente fue durante su etapa universitaria en su Seattle natal ya que empezó a aprovechar los fines de semana para “escalar las montañas” hasta donde se llevaba la cámara para documentar sus caminatas.

“Estaba estudiando Bellas Artes”, comenta, y admite que “todo lo que estaba aprendiendo” en aquel momento lo adaptó “de manera inmediata cuando tomaba instantáneas”.

“Mi amor por la pintura y el arte nunca disminuyó, nunca se fue, pero la fotografía era perfecta para mí porque me gusta moverme y crear muchas composiciones diferentes e interesantes”, revela.

Así lo atestigua su millón de fotografías realizadas en los cinco continentes, ser parte del primer equipo de escalada occidental en acceder al Tíbet a través de China desde la Revolución Cultural o protagonizar el programa televisivo ‘Travel to the Edge’, donde acercaba la Patagonia, la estepa mongola o a los indígenas del valle del Omo hasta el salón de los hogares.

El fotógrafo explica que estos viajes han reforzado su conciencia como protector del medioambiente ya que le han permitido obtener “un conocimiento bastante profundo del mundo, de sus culturas, de sus paisajes y de su vida salvaje” y volverse “muy consciente de cuál es su potencial”.

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Esto ha provocado que los temas que elige fotografiar le seleccionen a él y no al revés y que estos “sigan expandiéndose” ya que tiene “muchos libros”, de los que saca “ideas”, aunque “invariablemente siempre veo y encuentro temas cuando viajo”, afirma.

Wolfe reconoce que cuando aprieta el disparador de su cámara siente “felicidad” porque nota que está creando algo que sabe por experiencia que “va a ser apreciado de una forma similar” y, por tanto, que sus instantáneas son utilizadas por la gente para “estar inspirados y contentos también”.

Por ello, sus composiciones intentan “golpear las emociones”, educar sobre la importancia de cuidar el entorno natural y enriquecer el espíritu de las personas ya que, manifiesta, a él le sirve para elevar su “ánimo” y mejorar su “personalidad”.

“Estas tres cosas: afecto emocional, educación e inspiración son objetivos nobles”, sostiene, al mismo tiempo que cuenta que en las clases que imparte les dice a sus alumnos que sean fotógrafos “no tanto para ganar dinero, sino para ser personas felices”.

“Pienso que es cierto que cocinar, bailar, escribir poesía o cualquier esfuerzo creativo va de la mente al corazón y que las personas que crean tienen una existencia más feliz”, asegura Wolfe.

A sus casi 69 años la pandemia del coronavirus le ha impedido recorrer el planeta como hace siempre y ha permanecido en su casa ocupándose de “proyectos con los que había sido descuidado”, a la vez que los ha abordado “con un detalle con el que nunca lo había hecho”.

La covid-19 es “espantosa y terrible”, dice convencido Wolfe, quien espera que al menos algunas personas hayan podido sacar algo positivo de esta situación “cuidando más sus proyectos o trabajando sobre ideas para las que antes no tenían tiempo”.

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Mientras tanto, desea que la población, que ha aumentado el número de horas delante de las pantallas durante el confinamiento, haya encontrado en imágenes como las suyas una forma de sobrepasar los muros de sus casas y sentir que estaban rodeados del verde de la cascada del río Columbia, escuchando el viento sobre las dunas del desierto de Namibia o pescando en el lago Inle de Birmania.

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