Roma.- La famosa soprano Anna Netrebko y su esposo, el tenor Yusif Eyvazov, han homenajeado a Roma, la ciudad en la que se enamoraron, con un recital en el que terminaron bailando una vieja sonata italiana abrazados y ovacionados «bajo un manto de estrellas».

El concierto, que se replicará el domingo, pretendía rendir tributo a una ciudad muy importante para la pareja, pues fue en las tablas de su Teatro Costanzi donde se conocieron en 2014.

No decepcionaron y el público llenó de aplausos el Circo Máximo de la capital, una enorme explanada rodeada de ruinas en la que este año tiene lugar por primera vez la temporada estival de la ópera por ser más amplia y permitir las medidas contra el coronavirus.

El cartel anunciaba un repaso a los compositores más célebres de la lírica, con arias de Giuseppe Verdi, Francesco Cilea, Giacomo Puccini, Pietro Mascagni o Umberto Giordano.

Pero al final fue una antigua canción popular romana la que logró romper el cristal de la interpretación e hizo que la pareja empezara a bailar desenfadada. «Bajo un manto de estrellas Roma bella se me aparece», recita esta oda de guitarra que parecía escrita para esta noche.

ROMA NO ES UNA CIUDAD CUALQUIERA

La capital del Tíber, con sus calles empedradas, fue el escenario de amor que unió a esta soprano ruso-austríaca, una de las más destacadas de su generación, y al tenor azerí, seis años más joven.

Corría el año 2014, Netrebko acababa de romper con el barítono uruguayo Erwin Schrott, y ambos coincidieron sobre las tablas romanas cantando en «Manon Lescaut» (1893): él como el joven caballero Des Grieux y ella como su atrevida protagonista.

Pero entre acto y acto acabaron reviviendo el amor a primera vista de los pobres personajes de Puccini, aunque sin final tráfico, más bien todo lo contrario, pues un año después se desposaban en Viena.

En esta apacible noche de verano parecían dos novios recién casados, él con frac y ella con un vestido de gasa blanco.

No se mencionaron aquellos días, como era de esperar, pero la emoción era palpable y en algún momento sonó el intermedio sinfónico de la obra que los unió.

UN HOMENAJE AL «BEL CANTO»

El concierto arrancó con la obertura del «Nabucco» de Verdi, todo un himno en Italia, y enseguida la pareja cautivó con el aria «Gia nella notte densa» del Otello (1887) de Verdi.

«Que truene la guerra y colapse el mundo si después de esta ira inmensa viene este inmenso amor», declamaba el tenor ante su esposa, como si él mismo fuera el militar shakespiriano ante su Desdémona.

Se trataba sin duda del preludio de una noche prometedora.

El primer «bravo» llegó cuando la soprano brilló interpretando el aria «Del sultano Amuratte…. Io son l’umile ancella», pieza de la «Adriana Lecouvreur» (1902) de Cilea.

Acto seguido llegó uno de los momentos más esperados de la noche, el de la obra más romana de Puccini, Tosca (1900), y Netrebko entonó aquel desesperado «Vissi d’arte» que tan bien conoce y con el que ya triunfó el año pasado en la apertura de La Scala de Milán.

Desde entonces los dos se imbuyeron en el repertorio «pucciniano» con temas como «E Lucevan le stelle», con un Eyvazov que por momentos parecía interpretar de verdad al pintor Mario Caravadossi, el hombre por el que Floria Tosca desafía al poder y a la tiranía.

La pareja terminó el concierto con una imagen potente, de la mano y el ceño fruncido ante un cadalso invisible.

Lo hicieron cantando juntos el «Vicino a te» (cerca de ti) del «Andrea Chénier» (1896). Él como el desgraciado poeta y ella como la querida Maddalena, afrontando juntos la muerte en un tiempo marcado por el compás de la revolución y la guillotina.

Pero nada de esto les aguardaba. Tras este clímax la soprano y el tenor abandonaron el escenario de la mano, saludando emocionados, aunque el público insistía con el bis. Y los dos cumplieron.

El broche final lo puso Eyvazov con el «Nessun dorma» de «Turandot» (1921) ante la mirada de admiración de su esposa.

«Que nadie duerma», se empeñaba en proclamar como en la famosa ópera. Una invitación del todo vana pues en esta noche romana, con ese despliegue de técnica y de romanticismo, ya nadie de los presentes pensaba en hacerlo.

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