Santiago de Chile.- La puerta de las urgencias hospitalarias fue para algunos en Chile la última ocasión en la que vieron a un familiar que murió por COVID-19, por lo que quienes tienen la oportunidad de despedirse de su ser querido, aún con vida o ya fallecido, gozan de una suerte de redención en medio de la tragedia.

Los pacientes llegan a los hospitales con síntomas de la enfermedad provocada por el SARS-CoV-2 y se despiden de sus familiares con la esperanza de recuperarse, pero muchos (en Chile ya se contabilizan 6.573 decesos por la pandemia) empeoran y mueren por dificultades respiratorias.

La necesidad de urgencia en el manejo de los cuerpos, tanto por los riesgos de infección como por la disposición de plazas hospitalarias para nuevos enfermos en medio de un abarrotado sistema sanitario, con 303.083 casos de la enfermedad hasta ahora, ha reducido al mínimo los rituales y despedidas.

En un contexto de confinamiento domiciliario, distancia social y riesgo de contagios, los funerales, velatorios, misas y duelos pasaron a un segundo plano en beneficio de la seguridad sanitaria y el camino desde la puerta de urgencias al cementerio se transita más veces y en menos tiempo.

EL ÚLTIMO ADIÓS ANTES DE MORIR

En el Hospital Clínico de la Universidad de Chile, en Santiago, casi un centenar de camas de cuidados intensivos alojan a aquellos enfermos que luchan con sus últimas fuerzas por sobrevivir a la COVID-19, pero los médicos en algunas ocasiones concluyen que no hay esperanza de vida para pacientes críticos conectados a ventiladores.

La doctora Cecilia Luengo, jefa técnica de pacientes en la UCI de este nosocomio, explicó a Efe que los enfermos llegan a un punto donde su supervivencia ligada a ventilación mecánica ya no beneficia a su salud.

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“Ya no es compatible con la vida y después de más de un mes en esa situación se decide que el paciente no responde y su pulmón está perdido”, afirmó.

En estos casos el hospital avisa a la familia para que, antes de desconectar al paciente refractario y que fallezca, puedan visitarlo en la UCI, todavía con vida, para despedirse.

Solo dos personas pueden acudir, habitualmente confusos por la situación, y enfrascados en un equipo de seguridad (mascarillas, guantes, trajes y protección facial) pueden estar 20 minutos junto a su familiar antes de que fallezca.

“Si la muerte del paciente es inminente y creemos que va a fallecer próximamente, tratamos de hacer la visita familiar lo más próxima que vemos en ese momento para que, ojalá, el paciente fallezca con sus familiares presentes”, dijo la doctora.

Una iniciativa innovadora en un país en el que algunos enfermos murieron solos en sus habitaciones de hospital y que es “un alivio” para las familias, reconoció a Efe Alejandra Fuenzalida, enfermera del mismo hospital.

“Es un proceso sanador, porque es la angustia de la familia no haberlo visto tanto tiempo. Al menos verlo por última vez y saber que no está solo. Los pacientes desaparecen de su casa y la familia nunca más supo de ellos. Para la familia puede ser el hecho de lograr despedirse y estar por última vez”, señaló.

Fuenzalida hizo acompañamiento en esta experiencia desde que el pasado 3 de marzo se registró el primer caso de coronavirus en Chile, y bajo su punto de vista los familiares se van “tranquilos y agradecidos” en medio de un momento de dolor como es la muerte de un ser querido.

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VELATORIOS “EXPRESS” y ATAÚDES CERRADOS

La costumbre en un país de mayoría católica como Chile es velar a los difuntos por hasta 48 horas, en un ritual con afluencia masiva, el féretro abierto o el contacto con el cuerpo, y que ahora es simplemente impensable.

En la funeraria Inmemoria, en la capital chilena, han tenido que adaptar a la normativa de seguridad sanitaria todo el proceso de levantamiento, traslado y manejo de los cadáveres, confirmó a Efe Wilfredo Flores, supervisor comercial de la empresa.

El duelo se hace ahora, señaló Flores, en el tiempo que llega el servicio funerario a retirar el cuerpo y meterlo en una bolsa hermética de seguridad, de donde ya no volverá a salir.

Los funcionarios trasladan a los fallecidos desde el lugar del deceso directamente al cementerio o crematorio para evitar los contagios, y las medidas de seguridad se han enfatizado.

“Se coloca el cuerpo en la urna (ataúd) que siempre, en los casos tradicionales también, es totalmente hermética. La tapa, que habitualmente quedaba abatible, queda ahora totalmente sellada para evitar que la familia pueda abrir la urna y tener algún contacto”, dijo.

“OTRO ENTIERRO COVID”

El Cementerio General de Santiago de Chile es uno de los camposantos más grande del país y un lugar de recuerdo y reunión de la familia con sus seres queridos fallecidos, aunque el habitual ajetreo parece ahora un recuerdo de otro siglo, ya que el colorido cementerio se tornó en un lugar lúgubre.

Los masivos cortejos fúnebres, con música, flores, globos y banderas, son una fotografía del pasado, y ahora solo pueden acceder los coches fúnebres y un vehículo con cuatro familiares.

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Pedro Pablo Rojas es sepulturero desde hace 5 años y hace 15 días que volvió al trabajo tras recuperarse del coronavirus, y se permitió un receso de 15 minutos para conversar con Efe, porque rápido tiene “otro entierro COVID”.

El cementerio vació más de 1.000 fosas temporales para enterrar a los muertos por la pandemia en un patio repleto de tumbas abiertas a la espera de ataúd y sepulcros sin flores ni recuerdos, solo la misma cruz blanca frente a cada fosa.

“Algunos (fallecidos) llegan solitos y la gente llega directamente a despedirse de sus finados. Lamentablemente no se puede, a veces pasan, pero muy pocos, llegan (los fallecidos) solos. Es muy triste para nosotros porque igual tenemos familia y te conmueve”, indicó.

“Hay que ponerse en los zapatos de esa familia que no puede despedirse. No pueden ni verlos porque desde el hospital (los ataúdes) vienen sellados. Estuvieron un mes sin verlo con la incertidumbre de saber cómo estaban y llegan acá y tampoco pueden”, confesó Rojas.

Él es una de las tres sombras blancas con palas que arrojan tierra sobre el féretro de un fallecido por la COVID-19, mientras cuatro familiares con mascarillas, alejados a unos 20 metros, observan la escena en silencio, apesadumbrados y resignados a esta forma de despedir a un ser querido.

“Nunca había visto algo así. Vamos a quedar marcados por esto, en todas partes, porque es terrible”, dijo Rojas.

Alberto Peña

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