Pathum Thani (Tailandia.- En pequeñas poblaciones o pueblos remotos de Tailandia son clave en la lucha contra la COVID-19: los voluntarios locales, que ayudan a las autoridades a identificar a los posibles portadores del virus y superan el millón en todo el país.

Termómetro en mano y con escasa formación médica, acuden casa por casa para medir la temperatura de los habitantes e informan sobre visitas de familiares que residen fuera de la provincia.

En el barrio de Chao Fah, en la provincia de Pathum Thani y colindante con el norte de Bangkok, Piyamaporn Huadkham se desinfecta a conciencia las manos, se pone cuidadosamente los guantes y comienza a comprobar con pericia la salud de varios ancianos.

Entre sus cometidos están los de realizar controles básicos de salud e informar a la población local sobre las normas de distancia social implementadas para prevenir la propagación del nuevo coronavirus.

En ocasiones, además, hacen las veces de recaderos para repartir medicinas a domicilio, con el objetivo de ayudar a evitar que los pacientes abarroten los hospitales.

“Nos enfocamos más en la prevención, en el uso de desinfectantes y mascarillas”, apunta a Efe Piyamaporn, de 50 años, durante su ronda de visitas.

LOS VOLUNTARIOS PARA LA SALUD DEL PUEBLO

Los Voluntarios para la Salud del Pueblo, como se llama esta organización fundada en 1977 para “ayudar a las personas que viven lejos de los grandes hospitales”, cuenta a día de hoy con 1.068.587 miembros por todo el país.

Cada uno de los voluntarios, quienes cooperan con el servicio de atención primaria de salud y tienen que cumplir un curso básico de dos o tres días de duración, recibe del Gobierno una modesta ayuda mensual de 1.000 bat (unos 32 dólares o 28 euros).

“Antes de la pandemia lo que normalmente hacíamos era promover campañas de salud y concienciar a la población sobre el dengue, la gripe y otras enfermedades”, señala Piyamaporn, que a raíz de la propagación del virus añadió a sus tareas habituales medir la temperatura de los vecinos con un termómetro digital.

Ella y otras seis voluntarias también confeccionan mascarillas de tela para repartirlas entre los residentes del barrio.

“El principal valor que debería tener (cada voluntario) es sacrificio. Si no te sacrificas (por la gente), no puedes ayudar”, remarca esta mujer, que reconoce que tuvo “miedo” durante los peores momentos de la pandemia y que comenzó a ser voluntaria en 2011 siguiendo los pasos de su madre, aún activa.

La Organización Mundial de la Salud ha alabado el trabajo didáctico de esta red de voluntarios, que durante los meses de marzo y abril visitaron más de 10 millones de hogares.

FUNDAMENTALES PARA CONTENER LA PANDEMIA

En la norteña provincia de Lampang, Sawai Songmuang, de 61 años, actúa como directora del grupo de 43 voluntarios que se encargan, cada uno, de unas 10 casas del barrio de Thanang en la población de Thoen.

“Hacemos un seguimiento de las personas que regresan del extranjero o viajan desde otras provincias. Si alguien regresa del extranjero, avisamos a nuestro médico y vamos a su casa para examinarle y medir la temperatura”, declara a Efe la voluntaria.

Durante los peores meses de la pandemia, Tailandia, que todavía mantiene cerradas las fronteras internacionales, también prohibió los viajes interprovinciales a personas no residentes de la región, especialmente a aquellos afincados en Bangkok, donde se concentra el mayor número de infectados.

Y a los que sí se les permitió regresar a sus hogares familiares quedaron sujetos a una cuarentena obligatoria de 14 días sin abandonar el domicilio.

Para mantener estas normas y la seguridad sanitaria de los poblados, los voluntarios, generalmente personas muy conocidas entre los locales, jugaron un papel fundamental y evitaron una posible propagación de la pandemia, que el país afirma mantener controlada.

Tailandia, el primer país después de China en detectar la COVID-19 en su territorio, ha confirmado hasta la fecha 3.135 casos, de los cuales solo 81 permanecen activos e incluyen 58 muertos.

“Tenemos que seguir concienciando a la población”, sentencia Piyamaporn sobre esta ardua tarea, que sin embargo le hace sentirse feliz por “ayudar a la comunidad a que permanezca libre de cualquier enfermedad”.

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