San Salvador.- “Las trabajadoras del sexo no moriremos de COVID-19, sino de hambre”, con esta frase como mantra Alma se lanzó a tratar de obrar un milagro: llevar alimento a sus compañeras con la pandemia y la discriminación social como obstáculos en El Salvador.

En el país centroamericano viven del trabajo sexual al menos 45.500 mujeres, de acuerdo con Alma Ramos, quien es presidenta de la Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales Liquidambar.

“Yo estoy nada más dándoles a las que puedo”, a las que “están a mi alcance”, dijo la mujer, de 43 años a Efe, cuya historia también es la radiografía de este sector de la población.

ARRANCAR DE LA NADA

Alma arrancó de la nada, sin fondos y solo con las redes sociales como herramienta para pedir ayuda.

Relató que la idea le llegó en un centro de cuarentena, donde el Gobierno confinó a las personas que llegaron del extranjero y que, según organizaciones sociales, en algún punto se convirtieron en focos de contagio.

Ahí pasó 30 días encerrada, mientras el país entraba a la cuarentena domiciliar obligatoria, tras llegar a mediados de marzo de un viaje en Estados Unidos, donde expuso la situación de los feminicidios en El Salvador por invitación de la ONU.

“Perdí la vergüenza porque me da vergüenza pedir para mi, pero para mis compañeras no” porque “estaban preocupadas, no tenían nada qué comer”, acotó.

Dijo que la preocupación llegó desde el comienzo del encierro a raíz de que “el trabajo sexual es del día a día, se gana al momento” y estas mujeres son en su mayoría jefas de hogar.

De más de 200 trabajadoras del sexo que registra la organización Liquidambar, apenas cinco recibieron un bono estatal de 300 dólares que el Gobierno dio para alimentos a finales de marzo pasado.

Para poder cobrar esta ayuda, Alma tuvo que abrir una cuenta bancaria con ayuda de uno de sus clientes porque la que tenía anteriormente para su organización se la cerraron cuando se supo que era para trabajadoras sexuales.

“La discriminación y el estigma siempre están”, subrayó.

La primera ayuda llegó de una organización de extrabajadoras sexuales para 30 mujeres, después unas periodistas las apoyaron con alimento para 40 y así ha ido sumando los donativos, de apoco y con el apoyo de los ciudadanos.

De acuerdo con Ramos, la canasta alimenticia que necesita cada una de sus compañeras, cuyo trabajó se paralizó por la pandemia, es de al menos 146 dólares mensuales “para tener lo necesario” para sus familias.

Las semanas han pasado y “las compañeras ya no tienen comida”, lamentó.

LA LUCHA PERSONAL

Alma lleva 20 años ejerciendo el trabajo sexual y durante un tiempo trabajó en un club nudista. Uno de sus sueños es abrir un gimnasio para enseñar el baile con tubo “como un deporte” al que llaman “pole dance”.

Los únicos ingresos de la mujer provienen del trabajo sexual, de ahí lleva alimento a su casa, paga la educación universitaria de una hija y apoya al resto de su familia.

“Ahora trabajo a domicilio, no me quedo en un negocio, no me quedo en una esquina”, comentó.

Desde una casa en una zona popular de San Salvador, Alma lloró al sentirse “atada de manos” por no poder ayudar a todos sus hijos.

“Yo quisiera llevarles de lo que tengo. Ayer me dijo mi hija: ‘mamá no tengo qué comer’, (…) es difícil no estar con ellos, no verlos”, dijo Ramos.

Pese a sus necesidades personales, aseguró que no parará.

“Yo me he organizado para ellas, no para beneficiar mi bolsa, porque aquí donde me ven parezco retrato, no tengo ni ropa. Si fuera para mi beneficio hasta los dientes me hubiera arreglado ya”, sostuvo la activista de los derechos para las trabajadoras sexuales.

SIN ALTERNATIVAS ANTES, SIN ALTERNATIVAS POSCOVID

Al levantarse la cuarentena, Alma prevé que no tendrán otra opción más que arriesgarse porque “el hambre obliga” y “todas están ejerciendo el trabajo por necesidad”.

Explicó que entre sus compañeras se encuentran mujeres mayores de 70 años de edad, algunas con diabetes, hipertensión y el virus del VIH, condiciones que las hacen más vulnerables ante la COVID-19.

“Ya hay compañeras que trabajan clandestinamente, trabajan solo de día”, pero eso “no significa que no esté el virus, no se sabe si el cliente lo lleva”, acotó.

Aseguró que su principal temor es que se contagien con la COVID-19 porque “el condón no las va a proteger del coronavirus”.

El deseo de muchas es tener acceso a “capital semilla” para fundar pequeños negocios como restaurantes, tiendas o salones de belleza porque las condiciones en las que trabajan son difíciles.

“Hay que pagarle al dueño del negocio, hay que pagarle la renta a los delincuentes, hay que pagarle a los policías, porque hay renteros también, hay corrupción”, sostuvo.

Ana Vilma Escobar, de 67 años de edad, es una de las beneficiarias de la ayuda de Alma, porque no ha podido salir para conseguir ingresos y alimentos.

“Ha sido duro para mi todos estos días”, dijo a Efe Escobar, quien se dedica al trabajo sexual desde hace ocho años y tiene a su cargo a tres niñas huérfanas.

Contó que esta fue la única opción que encontró tras la muerte de su compañero de vida y que así ha sacado a sus hijos adelante: “Nosotros vivimos porque la gente es linda y ahí andan regalándome cositas”, sostuvo.

DOBLE ESTIGMA

En una minúscula habitación en una zona roja de San Salvador, conocida como La Avenida, Gabriela Méndez pasa sus días “sobreviviendo la cuarentena con pequeños ahorros”.

Gabriela es una mujer trans que vive del trabajo sexual y atribuye a estas dos situaciones el no haber recibido ayuda estatal para sobrellevar el confinamiento.

Apuntó que “la prostitución es lo más votado” por lo que “no nos toman en cuenta en nada” y cuestionó si este olvido estatal “es como transfobia”.

“Con un dólar comemos todo el día” y “si nos dieran una ayuda, sería lo mejor”, dijo a Efe y añadió que no posee otra fuente de ingresos.

EPÍLOGO

El Salvador entró en la etapa final de la cuarentena y se alista a reactivar su economía.

Alma contó a Efe, tiempo después de la primera conversación, que su “mano derecha” en la organización falleció, que “los protocolos que le aplicaron fueron de COVID-19” y que dejó a tres hijas adolescentes.

“Algunas compañeras ya están en las cuadras, ya están en los cuartos ejerciendo el trabajo sexual. Arriesgándose a adquirir la COVID-19. Hoy a saber cuántas están ya contagiadas”, dijo Ramos.

En las conversaciones que sostiene el Gobierno con diferentes sectores para reabrir la economía por etapas no se habla del trabajo sexual.

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