Miami.- EL COVID-19 duele y angustia al enfermo, pero para la inmensa mayoría de las decenas de miles de personas que lo sufrirán en América Latina no habrá cuidados paliativos debido, entre otras razones, a una infrautilización de medicamentos como la morfina, afirma a Efe la especialista Felicia Knaul.

La directora del Instituto de Estudios Avanzados para las Américas de la Universidad de Miami presidió una Comisión de la revista especializada The Lancet que publicó digitalmente en 2017 un informe exhaustivo sobre los cuidados paliativos en el mundo y llegó a la conclusión de que existe una “enorme inequidad”.

“El 50 % de la población que habita en los países más pobres del mundo solo tiene acceso a menos del 1 % de la morfina distribuida (o su equivalente), mientras que el 10 % de la población en los países más ricos dispone del 90 %”, según dijo Knaul cuando en abril de 2018 se presentó el informe en una conferencia internacional.

UNA SITUACIÓN YA “TERRIBLE” AHORA EXACERBADA

En el caso de América Latina, como en el resto del mundo en desarrollo, el COVID-19 empeora una situación ya de por si “terrible”, dice Knaul en una entrevista con Efe dos años después.

Salvo Canadá, Estados Unidos, Europa y Australia, los países no cuentan con suficientes opiáceos para enfermos terminales o que padecen fuertes dolores y las razones no son solo económicas como podría pensarse, dice.

La grave crisis de adicciones a potentes medicamentos recetados contra el dolor en Estados Unidos ha influido enormemente en el hecho de que en América Latina se peque de lo contrario, es decir de suministrarlos menos de lo que se necesita.

Knaul utiliza un sencillo símil para explicarlo: “Es como si porque en Estados Unidos hay un problema de obesidad, en América Latina se recomienda no comer”.

Según los datos del informe, solo tres países latinoamericanos, Argentina, Chile y Colombia, cuentan con suficiente morfina para proporcionar cuidados paliativos a quienes lo necesitan.

Pero toda la región es deficitaria si se tiene en cuenta la necesidad total de opiáceos para tratar adecuadamente el dolor, incluyendo el crónico, el de traumas, partos, cirugías y otras circunstancias dolorosas que no necesariamente requieran cuidados paliativos, dice esta doctora en Economía por Harvard y especialista en sanidad.

En América Latina hay opiáceos para cubrir solo la tercera parte de la necesidad de cuidados paliativos y para el resto (traumas, partos, cirugías) es menos del 5 %, subraya esta especialista que considera un “derecho humano” contar con esas atenciones.

OPIOFOBIA

Cuando se le pregunta cuál es la razón de que no cuenten con suficientes opiáceos los pacientes paliativos que lo requieran la respuesta es que los Gobiernos se quedan cortos al solicitar a la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) la cantidad y los médicos carecen de capacitación y se resisten por la “opiofobia”.

Por eso, Knaul recomienda como primera medida para poder hacer frente a la necesidad adicional creada por el COVID-19 contactar con JIFE y solicitar permiso para importar o producir un volumen mayor.

En un reciente documento sobre el tema publicado en The Lancet el 22 de abril por Knaul, Lukas Radbruch, el presidente de la JIFE, Cornelis de Joncheere, y otros del equipo de la Comisión Lancet se destaca que el organismo de Naciones Unidas ha sugerido a los gobiernos que actúen para tener acceso a medicamentos controlados de manera sostenida durante la pandemia.

A juicio de Knaul, lo más sencillo y barato, porque no tiene patente, es la morfina de liberación inmediata y se va a necesitar en tabletas y en solución inyectable.

A los niños pequeños no se les puede administrar por vía oral y se necesita que sea líquida.

Knaul subraya que también es recomendable trabajar con la Organización Panamericana de la Salud (OPS) para, como se hace con las vacunas, comprar opiáceos en conjunto con otros países usando su plataforma, lo que permite abaratar los costos.

Además, los médicos y enfermeras deberían recibir los cursos cortos sobre cuidados paliativos que facilitan diversas instituciones y las autoridades sanitarias “ponerse las pilas” para organizar cursos sobre un “manejo balanceado” de los medicamentos necesarios para la disnea, la falta de respiración que sufren los enfermos de COVID-19, y el dolor y la angustia que esto produce.

DEFICIT HOSPITALARIO Y DE REGISTRO DE DATOS

La gran tragedia del COVID-19 en América Latina es que no va a haber espacio en los hospitales para tanta gente como se va a contagiar y el que no va al hospital estará en casa al cuidado de algunos de sus familiares, mujeres en su mayoría, con gran riesgo para los cuidadores, y sin cuidados paliativos, dice Knaul.

“Hasta ahora el número reportado de contagios y muertes es aún relativamente bajo en la mayoría de los países de renta media o baja. Sin embargo, tememos que eso se deba mayormente a la falta de pruebas y el subregistro de muertes”, dice a EFE Lukas Radbruch, del Departamento de Medicina Paliativa del Hospital Universitario de Bonn (Alemania).

“El resultado mortal del COVID-19 aparecerá mucho más tarde en los datos nacionales”, agrega.

Knaul, Radbruch y los otros especialistas que contribuyeron a la reciente publicación den The Lancet consideran que todavía estamos en el medio de un “tsumami de infecciones y sufrimiento” y la falta de opiáceos y de preparación va a conducir “a una catástrofe humanitaria sin precedentes en América Latina, África, Asia y otros lugares”.

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