Nairobi.- 2.279. Esas son las vidas que el ébola se ha llevado en el noreste de la República Democrática del Congo (RDC) hasta ahora. Pero el ébola no es solo esa cifra; es la bebé que quedó huérfana nada más nacer o el joven de 20 años cuya mayor preocupación, a pesar de estar enfermo, era poder graduarse.

2.279 vidas que se ha llevado el ébola hasta ahora porque después de 52 días sin ningún caso, el pasado 10 de abril el Gobierno confirmó una nueva muerte y ahí comenzó otra cadena de transmisión de la enfermedad que no permite dar por finalizada el brote.

LA QUE DEBÍA SER LA ÚLTIMA PACIENTE

El Gobierno y la Organización Mundial de la Salud (OMS) confiaban en que Semida Masika fuera la última paciente. Salió curada del Centro de Tratamiento de Ébola (CTE) de Beni, una de las ciudades más afectadas por la epidemia en la provincia de Kivu del Norte, el pasado 3 de marzo.

“Era una madre que ya había perdido a su hijo hacía unos días y mostró mucha resistencia a que se llevaran al pequeño al CTE, pero su hijo se puso muy, muy malo, ella lo perdió y vino”, recuerda la que fue hasta hace un par de semanas responsable de actividades médicas del CTE de Beni, Esther Sokolua.

Su equipo creía que la perdería a ella también porque estaba muy inestable, pero pelearon y consiguieron que Semida se curase. “Ha sido un alivio, un alivio muy grande”, relata Sokolua a Efe.

Con Semida, esperaban dejar atrás la que pasará a la historia como la mayor epidemia de ébola que ha sufrido el país, con una tasa de letalidad del 66 %, superior a la del brote que sacudió África occidental entre 2014 y 2016, a pesar de contar con vacunas y tratamiento para contenerla.

“Durante el nivel más alto (del brote), el pasado julio y agosto, tuvimos muchos enfermos; incluso nos vimos obligados a meter a dos enfermos por compartimento porque no había sitio. Y también hubo muchos muertos; llegamos a 12 o 14 por semana”, relata desde Beni esta trabajadora de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Algunos fallecidos ya se los temían. Llegaban con un estado de salud muy deteriorado y los tratamientos no podían hacer efecto, pero otros, que parecían progresar bien, se desestabilizaban de golpe en cinco minutos y en una hora fallecían.

“No ha sido fácil para el equipo médico, no ha sido fácil para la familia de los fallecidos, no ha sido fácil para la ciudad de Beni”, cuenta esta médica anestesióloga. Una pesadilla de la que se creían libres y que vuelve ahora bajo el acecho de otra enfermedad, la COVID-19.

DÍAS DE ESPERANZA Y DESESPERACIÓN

A pesar de ser una historia agridulce, Sokolua cuenta la de Neema con esperanza y alegría.

Marion (nombre cambiado para preservar su anonimato) nació en el CTE de Beni; su madre, paciente de ébola, murió desangrada durante el parto, pero la pequeña “fue el segundo o tercer bebé que nació de una madre positiva por ébola y resultó negativo, sin enfermedad”.

Era prematura y necesitaba ganar peso. Cuarenta días pasaron hasta que la pequeña consiguió los 2 kilos necesarios para que el equipo médico considerase que se podía marchar a casa. “Fue una alegría, una fiesta. Nos hicimos fotos con la bebé en brazos, con el papel que indicaba que tenía dos kilos”, recuerda Sokolua.

Como Marion, el ébola ha dejado a 2.568 niños huérfanos y se ha cobrado la vida de 975 menores, es decir, el 30 % de las muertes, una cifra superior a otras epidemias de ébola anteriores.

Sokolua también narra la historia de otra bebé, de siete u ocho meses, a la que el ébola también le arrebató a sus dos padres y la sonrisa. Cuando estaba con otros niños no jugaba ni interaccionaba.

“Nunca sonreía. Era muy raro ver a un bebé de esa edad inocente, pero que no muestra ningún signo de felicidad”, cuenta la doctora. Salió viva, pero no recuperada.

1.170 HISTORIAS DE ÉXITO

Si hablamos de números, hablemos del 1.170 porque el ébola también deja 1.170 supervivientes y 1.170 historias positivas.

Casos como el de Emmanuel (nombre ficticio), que se graduó en el CTE. “Estaba muy, muy, muy nervioso, y no comprendíamos por qué estaba tan nervioso a pesar de que se encontraba bien desde un punto de vista clínico”, recuerda Sokolua. Lo que le pasaba es que tenía miedo a no poder hacer las pruebas de fin de bachillerato.

La dirección del CTE habló con el Gobierno para que Emmanuel pudiese examinarse. Su familia le trajo los apuntes, y cuando llegó el día, vino un equipo del exterior que le dio las preguntas escritas y el joven de 20 años contestó a todas. Luego, puso su examen en el cristal que separa a todo paciente aislado por el ébola y el equipo tomó una foto.

“¡Y aprobó el examen!”, celebra la médica. Emmanuel salió vivo y graduado del centro de tratamiento.

CÓMO VELAR A LOS MUERTOS

La respuesta contra el ébola no ha sido solo médica; es mérito también de cientos de voluntarios que han ido, comunidad por comunidad, explicando qué es la enfermedad, cuáles son sus síntomas y qué medidas son necesarias para no contagiarse.

Es mérito de los trabajadores en puestos de control de carreteras, puertos y fronteras que pedían a todos los viajeros que se lavasen las manos mientras tomaban la temperatura, y también de los sepultureros que sabían que el momento del entierro es clave para parar el ébola, pues es cuando la enfermedad es más contagiosa.

En un escenario normal, cuando alguien fallece, la familia lava el cuerpo, lo prepara y realiza ceremonias multitudinarias donde se baila y se reza por el difunto. El ébola (y ahora también la COVID-19) ha cambiado todo eso.

“Toda esa tradición, cuando la familia se aproxima para tocar el cuerpo, presenta un gran riesgo y es lo que puede hacer que la contaminación en la comunicación se multiplique”, explica a Efe el oficial de la Federación Internacional de la Cruz Roja (FICR) para entierros seguros Joseph Kaymbale Reveil.

Romper estas tradiciones ha suscitado muchas reticencias e incluso ha llevado a momentos de tensión y altercados contra los voluntarios que se han sacrificado para luchar contra el ébola. “En determinados momentos, la familia se negaba a que tocásemos el cuerpo o realizásemos el entierro digno y seguro”, relata Kaymbale.

Este trabajador humanitario tiene clavado un momento de terror en su memoria. Les llamaron para recoger un cuerpo del CTE de Mambasa, en la provincia de Ituri, y trasladarlo a su pueblo a 34 kilómetros. Limpiaron el cuerpo, lo metieron en la funda mortuaria y luego en el féretro, como dicta el procedimiento, y fueron con tres miembros de la familia al pueblo.

Cuando llegaron, informaron al jefe del pueblo, algo indispensable en cualquier comunidad de la zona para ganarse la confianza. Y de ahí, fueron con el féretro a la casa del fallecido. La familia pidió verle la cara por última vez y el equipo accedió, pues “el cuerpo pertenece a la familia y a la comunidad”.

La tensión la levantó la sangre que tenía en la nariz el cadáver y los miles de bulos que corren en las comunidades. “Hay rumores falsos que circulan que dicen que los agentes de la respuesta cortan la lengua cuando se acercan a hacer cuestionarios”, relata Kaymbale.

Por más que explicaron que eso no era cierto, un grupo atacó su vehículo y provocó que los equipos huyeran al bosque. Varios jóvenes les siguieron, encontraron a cuatro voluntarios escondidos y los torturaron “de forma inhumana”, aunque por suerte consiguieron salir con vida y ser trasladados a un centro de salud.

Desgraciadamente, este episodio se ha repetido más de lo que los equipos que combaten el brote habrían deseado en estos casi dos años de batalla contra el ébola.

Y la desconfianza de las comunidades ha sido un factor determinante para que a día de hoy no podamos hablar en pasado del ébola.

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