Dublín.- Con menos de 800 muertos y más pacientes curados que infectados, las cifras de la epidemia de coronavirus en la República de Irlanda respaldan la gestión del Gobierno en funciones del democristiano Leo Varadkar y contrastan con las del país vecino, el Reino Unido, donde las críticas recaen sobre el conservador Boris Johnson.

No obstante, al comienzo de la crisis, hacia finales de febrero, ambos líderes afrontaban la batalla contra la COVID-19 en circunstancias muy diferentes.

Johnson ganó las elecciones generales de diciembre de 2019 con una aplastante mayoría absoluta, mientras que Varadkar perdió los comicios celebrados el pasado 8 de febrero, a pesar de que acudía a esa cita con el viento de cara, gracias a una economía en constante crecimiento.

Una parte del electorado irlandés le retiró su apoyo al entender que descuidó las políticas sociales. Le culpó de la crisis de la vivienda y del deterioro de los servicios públicos, entre ellos la sanidad, un sistema que, sin embargo, está resistiendo los embates del coronavirus.

Las últimas cifras oficiales indicaron ayer que 18.100 personas han fallecido en hospitales británicos desde que comenzó la pandemia en el Reino Unido, un país de casi 67 millones de habitantes, por la que ya han dado positivo 133.495.

Por contra, en Irlanda, con unos 4,7 millones de habitantes, el total de muertos por coronavirus se situó este miércoles en 769, hasta arrojar un global de 16.671 casos, de los cuales 6.669 siguen “activos” y 9.233 están “curados”.

Entre los factores que explican las diferencias en las estadísticas, los expertos destacan que el Gobierno de Dublín comenzó a tomar medias antes que Londres, aumentó rápidamente el número de test diarios y la ciudadanía cobró pronto conciencia respecto a la gravedad de la epidemia, lo que reforzó el distanciamiento social.

Por ejemplo, el 2 de marzo, tres días después de detectarse el primer caso de coronavirus, la multinacional Google, que tiene su base de operaciones europeas en Dublín, ya pidió a sus 8.000 empleados que trabajasen desde casa al día siguiente, tras anunciar que un miembro de la plantilla presentaba “síntomas gripales”.

Por esas mismas fechas, Johnson decía que había estado en un hospital con pacientes de coronavirus y que había dado la mano “a todo el mundo”. Tres semanas después dio positivo y aún está convaleciente tras pasar varios días en cuidados intensivos.

El 26 de febrero, 15 días antes de registrarse el primer fallecimiento, la Federación Irlandesa de Rugby (IRFU) anunció la cancelación, por recomendación del Gobierno, del partido del Seis Naciones que iban a disputar en Dublín el 7 de marzo las selecciones de Irlanda e Italia.

El 9 de marzo, con 24 casos confirmados, el Ejecutivo decidió cancelar las festividades del patrón de Irlanda, San Patricio, las cuales, solo en Dublín, hubiesen congregado el 17 de marzo a más de medio millón de personas, muchas de ellas turistas, durante el popular desfile por la capital.

Lejos de crear alarma, estas medidas, sostienen los expertos, concienciaron a la población, entre la que comenzó a calar la idea del auto-aislamiento, al tiempo que se redujo significativamente el número de visitantes extranjeros a la isla, con lo que se evitó que los eventos multitudinarios produjesen las llamadas “bombas biológicas” de COVID-19.

Mientras Irlanda cerraba puertas, el Reino Unido las mantenía abiertas. Miles de seguidores del equipo de fútbol español Atlético de Madrid llenaron el 11 de marzo el estadio del Liverpool para la vuelta de la eliminatoria de la Liga de Campeones.

También entre el 10 y el 13 de marzo Londres permitió la celebración del Festival de Cheltenham, unas carreras de caballos a la que asisten más de 250.000 personas y mueven cientos de millones de libras en apuestas.

Tendrían que pasar varios días más para que Johnson ordenase el 23 de marzo el confinamiento obligatorio, mientras que Varadkar ya había decretado entre el 12 y el 15 de ese mes el cierre de escuelas, universidades, bares o restaurantes, cuando el número de casos positivos era 16.

Después de introducir restricciones de forma escalonada, el “Taoiseach” (primer ministro irlandés) ordenó el cerrojazo total el pasado 28 de marzo, cuando la epidemia había causado 46 muertes y 2.615 casos.

Los expertos también creen que la baja tasa de mortalidad en Irlanda se debe a que, desde el comienzo de la crisis, las autoridades han efectuado 111.500 tests, mientras que ahora tienen capacidad para realizar 10.000 pruebas diarias.

No obstante, los médicos de cabecera solo expiden volantes para test a unas 1.500 personas al día (las que presentan síntomas), por lo que el excedente se usa para realizar pruebas en residencias de ancianos, tanto a los trabajadores como a los inquilinos.

Estas cifras apuntan a que Irlanda efectúa unos 20 test por cada mil habitantes, parecido a Alemania, Italia o España, muy por delante de las 5,4 pruebas del Reino Unido, donde se hacen menos de 23.000 análisis diarios.

Varadkar ha indicado que podría relajar alguna de las restricciones, en vigor hasta el 5 de mayo, si se aumenta el número de test y se refuerza el “rastreo” telefónico de contactos con casos, un protocolo para el que Dublín cuenta con 1.700 personas.

Una de éstas es precisamente Varadkar, médico de profesión, quien informó el pasado 5 de abril que había reactivado su licencia para efectuar un turno semanal en un hospital de Dublín.

Eso mismo día, su colega británico, Boris Johnson, salía del hospital donde, dada su gravedad, según confesó él mismo, “podría haber pasado cualquier cosa”.

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