Sao Paulo.- Daiane Dos Santos tuvo que cerrar hace un mes su peluquería situada en una de las mayores favelas de Sao Paulo. Con un marido desempleado y dos hijos, es una de los 38 millones de trabajadores informales de Brasil que aguarda un cheque de 600 reales (unos 120 dólares) prometido por el Gobierno del país para paliar los efectos de la crisis del coronavirus.

“Los cuatro estamos haciendo cuarentena y empezando a tener algunas limitaciones financieras”, explicó a Efe Dos Santos desde Paraisópolis, una barriada en el sur de Sao Paulo que alberga a unos 100.000 habitantes.

En su casa, hace casi un mes que no entra ninguna renta. “A mi esposo lo echaron del trabajo pocas semanas antes de empezar esta crisis”, lamentó.

Ahora, su esperanza está puesta en el compromiso del Gobierno de Jair Bolsonaro de entregar un subsidio de 600 reales (unos 120 dólares) durante tres meses a todos los trabajadores informales, que representan poco más del 40 % del total de empleados del país, unas 38 millones de personas.

Esta iniciativa, también destinada a los autónomos, podría beneficiar, según el mismo Ejecutivo, a más de 50 millones de brasileños -una cuarta parte de la población- cuyos ingresos están viéndose mermados por las medidas de aislamiento social decretadas para evitar la propagación del COVID-19.

PETICIONES EN ANÁLISIS

El dinero fue liberado la semana pasada a 2,5 millones de trabajadores informales registrados en la página web de la Caixa Económica Federal. Pero como Dos Santos, muchos otros miles todavía no lo han recibido porque su solicitud, una semana más tarde, sigue “en análisis”.

Este también es el caso de Lorraine Alves Meneses, otra vecina de Paraisópolis que paró de trabajar como empleada doméstica a finales de marzo, cuando el Estado de Sao Paulo inició la cuarentena.

“Antes de la llegada del coronavirus, vivíamos hasta bien. No tenía dinero todos los días, pero por lo menos dos días por semana sí que tenía”, recordó a Efe Alves, madre de tres hijos de 6, 7 y 9 años.

Según la mujer, “todavía no está faltando comida en casa, gracias a Dios” pero le preocupa no poder pagar el alquiler, “que ya está atrasado”.

En este sentido, el subsidio de los 600 reales “no ayuda mucho pero por lo menos ameniza un poco”, opinó Alves, quien espera recibir en breve esta ayuda emergencial.

Pero el escenario está lejos de ser optimista para Nilsa Maria Ferreira, otra vecina de la comunidad, quien ni siquiera consiguió inscribirse en la plataforma digital del Gobierno.

“Me dice que mi CPF consta como irregular”, reclamó Ferreira, refiriéndose a la identidad fiscal brasileña, la cual necesita estar regularizada para obtener el auxilio económico y muchas veces es bloqueada por la falta de información, entre otros motivos.

La mujer, de 43 años, no tiene cuenta abierta en ningún banco, aunque este no sea un requisito indispensable para recibir los 600 reales.

Ferreira, residente en Paraisópolis con una de sus hijas y su nieto, se dedicaba principalmente a la recolección de materiales reciclables, aunque también trabajaba de “un poco de todo”, según explicó.

“Tenía una vida óptima. Me levantaba a las 6.30 de la mañana e iba a trabajar hasta que volvía a las 6 de la tarde” pero, con la llegada del coronavirus, “todo cambió completamente”, aseveró.

“Ahora no vale la pena salir e ir a las calles porque todo está cerrado, los comercios, las obras están paradas, y yo dependo de esto para trabajar y ganar mi dinero”, se resignó Ferreira.

LA BRECHA SOCIAL PUEDE AUMENTAR

En un país castigado por elevados índices de desempleo y pobreza y considerado uno de los más desiguales del mundo, la crisis sanitaria del coronavirus ha llevado un nuevo horizonte de incertidumbre ante el temor de ampliar la ya existente brecha social.

Según los últimos datos de la Fundación Getulio Vargas, en 2018 creció el número de familias de clase media y alta en Brasil, las llamadas clases A y B para los sociólogos, llegando a representar el 14,4 % de la población del país.

La clase social mayoritaria, la conocida como clase C, se mantuvo más o menos estable con el 55,3 % de la población, mientras que los grupos más pobres, integrados por las clases D y E, sufrieron un pequeño aumento alcanzando el 30,3 % de los brasileños.

El COVID-19 se presenta como una amenaza mayor para quienes viven en la extrema pobreza, con apenas 145 reales por mes (menos de 30 dólares), que en 2018 afectaba a 13,5 millones de personas, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE).

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