Quito.- Mujeres indígenas con sus niños a cuestas o inmigrantes venezolanos que viven al día de la venta ambulante en cruces y calles, hacen caso omiso de las medidas adoptadas en Ecuador para afrontar el coronavirus, al no disponer de otro sustento.

Pese a que las autoridades han pedido a la población que permanezca en los hogares a no ser que sea imprescindible y a partir del martes limitará aún más la circulación en todo el país, los vendedores callejeros siguen presentes en las calles de Quito apurando hasta el último momento.

EN LAS CALLES POR NECESIDAD

Uno de ellos es Jairo Arteaga, que ofrece el servicio de parqueadero tarifario, concertado por el Ayuntamiento y diariamente tiene que salir a buscar autos que quieran estacionar en la calle.

“La hora del carro cuesta 40 centavos (de dólar), 20 para el Municipio y 20 para el proveedor”, aclara a Efe este trabajador regulado por un Consistorio que ha pedido a sus funcionarios y al sector privado seguir su actividad por teletrabajo.

Pero para Arteaga, no hay medio telemático que valga y su jornal diario se ve amenazado cuando mañana dé comienzo una restricción de movilidad peatonal y vehicular, que provocará que miles de vendedores ambulantes no puedan vender normalmente sus productos.

Arteaga menciona que hasta el momento no tiene ninguna disposición para dejar de trabajar, pero el bajo flujo de autos le preocupa: “Las medidas me afectan porque no hay muchos autos, es mi único sustento, esta es la única forma de sostenerme”.

Unos pasos más adelante, Galo Raúl, betunero (limpiabotas) en la Avenida Amazonas, que cualquier día es una de las vías más concurridas de la capital ecuatoriana, permanece hoy sentado y viendo a las escasas personas pasar.

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A mediodía solo había conseguido lustrar los zapatos de dos clientes, un día malo en su labor que depende de las oficinas de este sector del norte de la urbe.

“Ahorita como está botado no hay nada de gente, toca rogar a Diosito que no pase nada para que todo vuelva a la normalidad, yo tengo que salir a pagar el arriendo, la comida y el agua”, lamenta el limpiabotas.

Mientras que en otras latitudes que han sido o son epicentro del coronavirus las personas sin hogar suelen ser las más vulnerables, en esta ciudad como en tantas otras latinoamericanas, el comercio informal y ambulante, generalmente realizado por los sectores más castigados como indígenas, migrantes o personas en situación de pobreza serán las grandes víctimas colaterales.

Muchos de ellos, mujeres y hombres, algunos adultos mayores, discapacitados o incluso menores, ofertan productos a pie de calle sin protección sanitaria como mascarillas o guantes, y reciben los “dolaritos” de aquellos que estos días osan abrir las ventanillas del vehículo en los semáforos de los cruces.

INMIGRANTES VENEZOLANOS

Elder Flores llegó hace poco de Venezuela, no ha podido normalizar su situación migratoria y por ello se le ha hecho difícil conseguir un trabajo estable.

Vende tequeños (masa de harina frita rellena de queso) en las calles de Quito, actividad con la que mantiene a su esposa e hijas que todos los días lo esperan para comer.

“Yo vivo al diario, las medidas me va a afectar muchísimo porque si yo no trabajo no como. El señor del arriendo igual me va a cobrar, todos los servicios tengo que pagarlos y mi familia tiene que comer todos los días y si no salgo mis hijas no comen”, añadió Flores que advierte que seguirá saliendo a trabajar pese a las restricciones.

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El presidente y representante legal de la Asociación Civil Venezuela en Ecuador AC, Daniel Regalado, explicó a Efe que más del 60 por ciento de los venezolanos en el país trabaja de manera informal, “sin contar con los que están en situación irregular, que no se han registrado en el censo”.

Estima que son 470.000 los venezolanos actualmente en el país, entre los que incluye a los que no se han registrado en un censo iniciado en 2019 o los que han ingresado al país a través de pasos irregulares.

ALGUNOS VENDEDORES ACATARÁN LAS DIRECTRICES

Pero los inmigrantes no son los únicos, Mercedes Almache, es quiteña y desde hace varios años vende dulces en unas escaleras de la sede del Registro Civil.

Menciona que el martes ya no saldrá a vender y se inquieta solo de pensar cómo podrá pagar los gastos diarios.

“Yo vivo con un nieto y debo trabajar por él, estos días lo único que toca es esperar en la casa. ¡Que alguien me ayude!, porque yo no tengo nada más que mi puesto de dulces, no tengo a nadie” lamenta mientras mira de reojo a ver si alguien le compra.

Pese a su edad que supera los 60, asegura que no le tiene miedo al coronavirus: “Solo pido a Dios que no pase nada, me pongo alcohol en las manos y nada más”.

INFORMALES, LAS VÍCTIMAS COLATERALES

De acuerdo a las medidas decretadas por el Gobierno de Lenín Moreno, desde este lunes la ciudadanía debe permanecer en sus casas y solo podrán salir si van al trabajo, a citas médicas, a farmacias, supermercados o para cuidar a adultos mayores.

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Además, quedaron suspendidas las actividades comerciales o la apertura de establecimientos que aglutinen a más de 30 personas, a excepción de los que expendan productos de primera necesidad, farmacéuticos, ortopédicos, para mascotas y de telecomunicaciones.

Está por ver cómo acogen las restricciones los estamentos más vulnerables y necesitados, aquellos que suelen arriesgar más que el común de los mortales, que no entienden de coronavirus sino de supervivencia y tienen menos opciones de resistir sus embates.

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