Daianny García

Santo Domingo. Recientemente estuve en mi pueblo natal visitando a mis padres; estábamos conversando cuando llegó aquella amiga de la familia, a quien conozco desde que era una niña; entró a la casa, según es costumbre en los pueblos, como si llegara a la suya, con la plena confianza de entrar sin tocar la puerta. Hacía tiempo que no coincidíamos; unos cinco años tal vez, al verla sentí esa cálida sensación que provoca el reencuentro con personas que conoces de toda la vida.

No esperé que me saludara, a penas la vi exclamé su nombre, me acerqué y le di un fuerte abrazo, cuando ella pudo reaccionar se quedó mirándome boquiabierta, sorprendida y en respuesta a mi saludo exclamó:

–        Que gorda estás! Pero tú estás dañada!

No tengo palabras para explicar lo anonada que me dejó semejante reacción; los gestos, la expresión de su rostro, no disimulaban el disgusto rayando en el asco, que mi sobrepeso le causaba; me dijo que seguro mi corazón estaría lleno de grasa, que no estaba en salud, me acosó con mil preguntas, que si comía mucho, que si cenaba tarde; en fracciones de segundos, me instó a ponerme a dieta y  a “controlarme la boca” , que estaba muy joven, que no encontraría un hombre que me hiciera caso estando “así” y que la gordura no estaba “de nada” .

Mis padres evidentemente consternados vieron mis ojos llenarse de lagrimas frente a ella; ellos conocen lo fuerte que es mi temperamento, sin embargo, haber sido discriminada por alguien a quien le he tenido siempre tanto respeto y estima, fue fulminante para mí.

Pasado el mal momento, reflexiono: si estoy dañada, entonces no sirvo; probablemente habría que desecharme, lanzarme a los perros hambrientos para que me devoren, arrojarme al camión de la basura para ser compactada hasta que mi grasa corporal, mi celulitis y mis estrías, se fundan con los deshechos, entre los gusanos, las toallas sanitarias hediondas y los restos putrefactos de comida, para que al lanzar todo aquello al vertedero, no quede evidencia alguna de mi existencia, ni de la osadía de no haber satisfecho los estándares físicos exigidos por “la sociedad del espectáculo”, la misma de la cual tanto habla Mario Vargas Llosa en su conocido ensayo.

Pero no, dañado está aquel individuo que usa una real o supuesta posición aventajada para herir sin medir consecuencias; por puro morbo, placer o simple petulancia; aquellos que miden con la espinosa vara del prejuicio, todo lo que no forme parte de lo impuesto por la colectividad, un triste adefesio es el sumiso arrodillado a las imposiciones de una sociedad que olvida o ignora la ética universal, aquella que distingue a un ser humano de una bestia, y que está por encima de moralismos rancios o de dogmatismos convenientemente formulados; la ética que consiste en actuar midiendo cuidadosamente que las consecuencias de nuestros actos no causen dolor o sufrimiento ningún ser vivo. Eso incluye abrir la boca para tratar de hacer añicos la dignidad y la autoestima de una persona.

Está dañado “El hombre mediocre” que como lo define José Ingenieros, no es más que un pusilánime “borrego del rebaño social” o el hombre inmaduro del que habla Kant, inválido del razonamiento propio, inmóvil sin la muleta de un criterio impuesto, como sería en este caso el culto a la imagen impuesta por el “establishment”

Voy escribiendo esta catarsis, y a la vez escuchando una pieza de jazz que resulta ser un bálsamo cuando el acido de las miserias humanas hace llagas en la piel que franquea mi empedrado trayecto por la vida, se trata de  “Le petit fleur” de Sidney Bechet, confieso que ya en este párrafo estoy prestando más atención a la grandilocuencia de esta composición que parece hablarme como un sabio monje, diciéndome que aunque en menor cuantía siempre habrá seres humanos que opten por crear belleza, aún en las situaciones más adversas, que no siempre son las mayorías quienes conocen el camino de la razón y que hay que entender, más nunca aceptar, que siempre habrán aquellos a quienes a cambio de un abrazo sincero, te devolverán un escupitajo.

 

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