San Sebastián-españa.- Annette Bening asegura que se siente personal y profesionalmente “bien”, satisfecha de seguir haciendo un trabajo que le gusta, “de seguir creciendo y aprendiendo cosas” y, aunque no sabe si su argumentación tiene sentido, añade, sincera y cree que “la madurez le ha hecho libre”.

“Me gusta arriesgarme. Es curioso -dice- he tenido mucha vida, cuatro hijos, dos en la universidad, he trabajado mucho en la vida y aún tengo ganas de nuevos proyectos. La responsabilidad no me ha quitado nada; al revés, madurar me ha hecho libre”.

Delgada, bellísima sin maquillar a sus 55 años y elegante. Annette Bening comenzó anoche a repartir sonrisas y hoy ha continuado, de buen humor, atendiendo a la prensa desde primeras horas de la mañana.

“Me siento muy bien”, afirma, y “contenta” de poder buscar “cosas sorprendentes” que agiten su mundo laboral, aunque enseguida señala que tiene “una vida familiar” y ese es el límite: “Yo no voy de proyecto en proyecto”.

Ya lo demostró, hace unos cuantos años, cuando su embarazo hizo que cediera a Michelle Pfeiffer el papel de “catwoman”.

Cuatro veces nominada para el Óscar (“Los timadores”, 1990; “American Beauty”, 1999, “Conociendo a Julia”, 2004; y “Los chicos están bien”, 2010″), la esposa del también actor Warren Beatty se declara admiradora de Helen Mirren, Frances McDormand y de Liv Ulman, y sonríe abiertamente cuando se le pregunta por la cirugía estética: “Creí que te preocupabas por mi salud”, ironiza.

Y explica que para trabajar en el cine “hay que amar la cámara y respetarla, porque a veces te quedas como desnuda, vulnerable, y eso, que es parte de tu trabajo, es tu tarea en la película: te tienes que aceptar”.

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En ese sentido, recuerda el comentario de un compañero actor de teatro que le dijo: “El cine es quitarse la máscara, no ponérsela”, y esa es la máxima que ella ha seguido y sigue para hacer su trabajo.

Su película “La mirada del amor”, que compite en la Sección Perlas del Festival de San Sebastián, un reducto dedicado a las mejores películas que han pasado por otros festivales de cine, le parece “una curiosa mezcla de duelo y pasión”.

“Es algo que ella no controla y que lo entiende como algo que le está sucediendo, pero no se hace cargo, como si fuera ajeno a ella, que sólo piensa, ‘dios mío, me he enamorado’. Es algo inusual que le pasa a una persona corriente”, intenta explicar.

Dirigida por el joven canadiense Arie Posin, la película cuenta el extraño desorden mental que sufre una viuda al conocer a un hombre increíblemente parecido a su difunto marido, con el que inicia una relación, algo que, por pasmoso que parezca, le pasó a la madre del director.

Con esa premisa, la cinta recorre lugares insospechados del interior de una mujer, que la actriz comprende por la “fascinación que le produce la idea de volver a dar vida a su marido”.

“La película empieza muy fuerte, hablando de la madurez, de la muerte, de la pérdida, del duelo Esta mujer ha perdido a su marido y para ella es como un renacer encontrar a este otro. Se enamora, pero no como una niña. Es una historia que me intriga”, afirma.

“No sé si una historia como ésta, que esta basada en algo real, puede suceder, pero ella siente que las emociones vuelven; es como cuando al oler el ‘aftershave’ de alguien a quien has perdido en el auricular del teléfono todo vuelve; se trata de un sentimiento muy profundo y notas que algo se despierta”, reflexiona.

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Para su compañero de reparto, Ed Harris, que hace doblete como marido y nuevo amante, sólo tiene buenas palabras: “Ha sido una increíble experiencia. Es un genial actor, tan constante, tan generoso, que hace que sea muy cómodo trabajar con él”.

De su paso por San Sebastián para recoger el premio Donostia en 2004, todavía recuerda que, antes de recoger el galardón, salió a la parte vieja “a tomar algo” y se lo pasó genial. Y luego, cuando llegó al auditorio del Kursaal, “muy alegre”, no podía creerse que le estuvieran premiando a “ella”. “Fue inolvidable”, ha dicho.

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