New York.- El artista  T.J. Wilcox convierte la privilegiada experiencia de pararse a observar durante 15 horas el skyline de N.Y en una instalación en el museo Whitney con un vídeo panorámico de 30 minutos en la que se dialoga con los rascacielos y narra curiosas historias la ciudad.

El museo Whitney de arte  de New York no tiene la azotea que tiene el Metropolitan o el patio interior del MOMA. Pero gracias a “In the Air”, desde mañana hasta el 9 de febrero, tiene las mejores vistas de toda la ciudad gracias a la instalación que, durante un año y medio, ha tenido empeñado al artista visual T.J. Wilcox.

Desde su estudio, situado en un ático, el artista, experto en crear experiencias visuales sorprendentes, se reconocía “preocupado por que el placer de mirar por la ventana se convirtiera en la única actividad posible. El paisaje cambiaba cada hora y era difícil no quedar hipnotizado por él”, explicó Wilcox (1965) en la presentación de su instalación.

Trabajar ahora en la simplicidad, aunque completa la exposición con obras de Yoko Ono, del artista cubano Félix González Torres o de Joseph Cornell, le ha llevado a otra escala en su obra a pretender ni más ni menos que captar la magia de su ciudad transformándola lo menos posible.

“Cuando dices en otro lugar que vives de New York, todo el mundo te confiesa su amor por Nueva York. Yo no he perdido nunca esa sensación. Es el lugar para mucha proyección de sueños y aspiraciones, es un bello faro para el mundo. Un lugar de creatividad y libertad”, aseguró.

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El epicentro de “In the Air” es la pantalla circular que, con diez proyectores, recrea ese Nueva York a vista de pájaro y busca recuperar esa emoción que una pantalla creó a los primeros espectadores de cine en 1895 en París, cuando pensaron que aquella locomotora filmada por los hermanos Lumière estaba allí.

Desde el amanecer al atardecer, con el paso de nubes, con el juego de luces y de sombras, de aviones y de grúas, T.J. Wilcox cuenta también historias que resumen los sueños y decepciones de New York. Esa idea de que New York es de todos, pero a cada uno le reserva una experiencia única e intransferible.

Las proyecciones recorren desde el breve auge de los dirigibles, diseñados para usar las cúspides de los rascacielos como terminal y condenados tras el accidente de Hinderburg en 1937, al día que el papa Pablo VI visitó por primera vez New York y pasó por la calle donde Andy Warhol se dedicaba a lanzar un globo fálico plateado desde una azotea.

También retratan la apasionante historia de la heredera de la fortuna de los Vanderbilt, la hermosa Gloria Vanderbilt, que acabó tutelada por la dueña del propio museo Whitney y alumbrando al famoso periodista Anderson Cooper; o la trayectoria del ilustrador de moda latino criado en el Bronx Antonio López, atravesada por el nacimiento del sida que tanto afectó a la comunidad gay de New York.

No podía faltar una mirada a la herida abierta del 11-S narrada desde el punto de vista de uno de los empleados de su edificio, para cerrar con el espectáculo de un sol encendiendo el atardecer y colándose por una de las calles del bajo Manhattan, casi el mismo que retrató Sergio Leone en “Once Upon a Time in America”.

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Y es que Nueva York, una de las ciudades más fotogénicas y cinematográficas del mundo, acaba fundiendo la experiencia del neoyorquino y del visitante con toda la iconografía visual que ha generado.

“Todos los días, la gente que pasea por la ciudad registra una película a través de sus ojos, de sus mentes y sus recuerdos”, aseguró Wilcox.

“Creo que todas esas experiencias de New York contribuyen a esta. No es una expresión definitiva de la ciudad, sino una expresión de esa acumulación de significados que se está constantemente desarrollando”, concluyó.

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