Por JUAN T H

Santo Domingo. La política, según Juan Pablo Duarte, fundador de estos que insistimos en llamar República, era la ciencia “más pura y la más digna después de la filosofía”. Para una buena parte de los políticos de hoy que han convertido este territorio en una letrina,  es la más sucia, la más indigna y la más impura.

Para los que gobiernan “la política es resultado”, no importa de qué manera se obtengan, si es a fuerza de negar lo que antes se afirmaba, si lo que ayer era blanco, hoy, por conveniencia, es negro, lo malo, bueno, y viceversa. “Resultados” es lo único que importa.

Y “los resultados” están en las cuentas bancarias en pesos, dólares, euros, oro y plata de quienes ocupan o han ocupado las más altas posiciones en el Estado.

“Resultados”.  Ahí está la palabra mágica, la que justifica todo el latrocinio, el robo, el desfalco, la pobreza más abyecta de los votantes a quienes les compran la conciencia cuando van a las urnas.

Los políticos, generalmente  mediocres, fracasados, sin talento más talento que para la demagogia, pobres de alma y espíritu que escapan de la pobreza y la marginalidad a través de los partidos que degradan a su más mínima expresión.

El país no ve los “resultados” de su paso por el Estado. Pero ellos si los ven. Solo hay que verlos en los restaurantes comiendo glotonamente y bebiendo hasta embriagarse; solo hay que ver dónde y cómo viven a costa de los pobres.

La política lo permite y lo impide todo al mismo tiempo. Permite la corrupción, pero impide se castigue la corrupción.

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Idealistas y soñadores son aquellos que como Duarte, Bosch, Peña, Manolo, Caamaño, entre otros, vieron la política como una ciencia multifacética que sirve al desarrollo y bienestar del pueblo, no como un instrumento para saciar ambiciones personales que conducen a la pobreza y muerte de la gente.

Bosch daba seguridades al pueblo de que si sus discípulos llegaban al poder no se robarían un centavo. Pobre tonto, ingenuo, no se había muerto cuando ya se enriquecían robándose la esperanza del pueblo.

“La política es el arte de lo posible”, suele repetir un viejo fundador del partido de gobierno que antes militó con la dictadura trujillista, luego en el 14 de junio y en el PRD, para terminar como un pobre diablo alcoholizado con los bolsillos llenos de dinero ajeno.

“La ciudad posible” que promovió un actor de quinta categoría, ha terminado en un campo de golf y tres despachos ambulantes por donde se pasean desnudas, con aspiraciones presidenciales, las burlas a los munícipes.

La política y los resultados parecen ir de la mano en los gobiernos del partido oficial. Salvo honrosas excepciones, todos son ricos y poderosos a costa de la pobreza de sus compañeros y conciudadanos. Atrás quedó el marxismo, el pentágono, el imperialismo, la liberación nacional y la honradez prometida. Todos esos valores fueron enterrados en la tumba del profesor Juan Bosch.

 

 

 

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